El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.156
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Athos y Raúl encontraron la casa del príncipe revuelta como la de Planchet.
También el duque hacía inventario, es decir que distribuía a sus amigos, a sus acreedores, todo cuanto de valor había en su casa.
Para encontrar la entonces enorme cantidad de dos millones, que el duque juzgó necesario reunir para encaminarse al Africa, distribuía a sus antiguos acreedores valijas, armas, joyas y mue bles, lo cual era más magnífico que vender, y le reportaba el doble.
En efecto, ¿qué hombre a quien uno debe diez mil libras se niega a llevarse un regalo de seis mil, que tiene el mérito de haber pertenecido al descendiente de Enrique IV, y después de haberse llevado el regalo, no da otras diez mil libras a tan generoso señor?
Y así fue. El duque levantó la casa; la cual no necesita un almirante si la tiene a bordo. Además, se deshizo de sus armas superfluas, pues iba a vivir entre cañones, y de sus joyas, que la mar podía devorar; pero en cambio tenía en sus cofres tres o cuatrocientos mil escudos.
Y en todas partes, en la casa, había personas que creían robar a mansalva. El lo daba todo. La fábula oriental en que un árabe saqueando un palacio se apoderó de una olla en cuyo fondo había un saco de oro, y a quien todos dejaron pasar sin inconveniente, era una verdad en casa del duque. Todos estaban contentos con llevarse algo.
Beaufort acabó por dar sus caballos y vació sus graneros. Además, se creía que si el duque hacía aquello era porque esperaba hallar mayor fortuna entre los árabe.
He aquí la situación, de la que se dio cuenta al instante con su mirada investigadora el conde de La Fere.
Este encontró al almirante de Francia un poco aturdido, pues acababa de levantarse de una mesa de cincuenta cubiertos donde se bebió en abundancia a la prosperidad de la expedición, y al llegar a los postres, se abandonaron los restos a los criados y los platos vacíos a los curiosos.
Beaufort se había embriagado a una con su ruina y con su popularidad.
-He aquí mi edecán, -exclamó el duque al ver a Athos y a Raúl. -Por aquí, conde; por aquí, vizconde.
Athos buscó un paso al través de los montones de ropa blanca y de vajilla que cubrían el suelo.
-He aquí vuestra comisión, -dijo el príncipe a Raúl.
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