El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.155
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El conde se devanaba los sesos para adivinar qué iba: a hacer D´Artagnan en Cannes, y qué motivos podía tener para ir a observar las márgenes del Var; pero nada sacó en claro.
-No importa, -dijo Raúl, -que tampoco atinó en el porqué del viaje del mosquetero, y dirigiéndose a su padre, que silenciosamente y con el dedo le hacía comprender la marcha de D´Artagnan; -no importa, se puede confesar que hay una providencia siempre ocupada en acercar nuestro destino al del señor de D´Artagnan. El va hacia Cannes y vos, señor, me acompañáis, a lo menos, hasta Tolón. Estad seguro de que más fácilmente lo encontraremos en nuestro camino que en este mapa.
Despidiéndose de Planchet, que estaba reprendiendo a sus dependientes, y con ellos al primo de Truchen, su sucesor, los dos hidalgos salieron para encaminarse a casa del duque de Beaufort, y a la puerta de la droguería vieron un coche, depositario futuro de los encantos de Truchen y de las talegas del droguero. EL
INVENTARIO DE M. DE BEAUFORT
No le faltaba más a Athos que visitar al duque de Beaufort y ponerse de acuerdo con él para la partida.
El duque estaba espléndidamente instalado en París; tenía el soberbio boato de las colosales fortunas que algunos ancianos recordaban haber visto florecer en tiempo de las liberalidades de Enrique III. En aquel reinado hubo señores que verdaderamente estaban más ricos que el monarca, y sabiendo ellos esto, usaban de sus riquezas, y se daban el gusto de humillar un poco a su real majestad.
Aquella fue la egoísta aristocracia a la cual Richelieu obligó a contribuir con su sangre, su bolsa y sus reverencias a lo que desde entonces se llamó «el servicio del rey».
Desde Luis XI, el terrible segador de grandes, hasta Richelieu, ¡cuántas familias habían vuelto a levantar la cabeza! Pero también ¡cuántas la doblaron para no volver a levantarla jamás, desde Richelieu a Luis XIV! Pero Beaufort había nacido príncipe, y de una sangre que no derrama en los patíbulos, si no es por sentencia de los pueblos.
Este príncipe conservó, pues, su modo de vivir con esplendidez. ¿Cómo pagaba sus caballos, sus criados y su mesa? Nadie lo sabía, y él menos que los demás. Pero en aquel tiempo los hijos del rey gozaban de un privilegio, y es que persona alguna se negaba a convertirse en acreedor de ellos, ya por respeto, ya por devoción, o bien porque esperaban cobrar algún día.
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