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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.154

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-Sólo os faltan herederos de vuestra prosperidad, -repuso Athos.
-Si tuviese uno, no le tocarían menos de trescientas mil libras, -replicó Planchet.
-Pues es menester que lo tengáis, -dijo sosegadamente Athos, -para que no se pierda vuestra fortunita.
La palabra «fortunita» puso a Planchet en su fila, como en otro tiempo la voz del sargento cuando aquél era piquero del regimiento del Piamonte, donde lo colocó Rochefort.
Athos comprendió que el droguero se casaría con Truchen, y que formaría un árbol genealógico. Y esto le pareció tanto más evidente, cuando supo que el sirviente a quien Planchet vendía su tienda era primo de Truchen, encarnado como un alelí, de encrespados cabellos y cargado de hombros.
El conde de La Fere sabía cuánto puede y debe saberse sobre la suerte de un droguero. Porque la verdad es que Athos comprendió, y dijo sin transición:
-¿Dónde está el señor de D´Artagnan, que no le han encontrado en el Louvre?
-Ha desaparecido, señor conde.
-¡Desaparecido! -exclamó Athos con sorpresa.
-Ya sabemos lo que esto significa, señor conde.
-No yo.
-Cuando el señor de D´Artagnan desaparece, es siempre por alguna comisión o algún negocio.
-¿Os ha dicho algo?
-Nunca me dice nada.
-Sin embargo, tiempo atrás supisteis su viaje a Inglaterra.
-A causa de la especulación, -replicó atolondradamente Planchet.
-¿Qué especulación?
-Quiero decir... -protestó Planchet.
-Bien, bien, vuestros asuntos, así como los de vuestro amigo, nada tienen que ver; sólo me ha llevado a interrogaros el interés que el señor de D´Artagnan nos inspira. Ahora bien, como el capitán de mosqueteros no está aquí, y no podéis decirnos dónde está, nos vamos. Hasta la vista Planchet:
-Señor conde. -dijo el droguero, -querría poder deciros...
-De ningún modo, no soy yo quien recrimine la discreción a un servidor.
Esta palabra «servidor hirió al semi-millonario Planchet; pero el respeto y su natural bondad se sobrepusieron al orgullo.
-No es indiscreto deciros que el señor de D´Artagnan estuvo aquí el otro día, -repuso el droguero, -y que pasó largas horas consultando un mapa.
-Tenéis razón, amigo mío; no digáis más.
-Y como prueba aquí está el mapa, -añadió Planchet.
Y presentó, en efecto, al conde de La Fere, un mapa de Francia, en el cual la mirada experta de aquél descubrió un itinerario punteado con pequeños alfileres.
Athos siguió con la mirada los alfileres y los agujeros, y vio que D´Artagnan debía haber tomado la dirección del Mediodía, hacia el Mediterráneo, del lado de Tolón, hasta las inmediaciones de Cannes.


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