El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.153
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-Sí, hablemos aparte, -dijo Athos: -en vuestra habitación, por ejemplo, porque tendréis un cuarto particular...
-Es verdad, señor conde.
-¿Arriba tal vez? -repuso Athos fingiendo subir al ver turbado a Planchet.
-Es que... -objetó el droguero vacilando.
Athos interpretó mal la vacilación de Planchet, y atribuyéndola al temor de éste de ofrecer una hospitalidad poco digna al huésped, prosiguió adelante, diciendo:
-No importa, ya sabemos que la habitación de un tendero, en este barrio, no puede ser un palacio. Vaya, subamos.
Raúl precedió a su padre y entró, pero al mismo punto resonaron dos exclamaciones, y aun podemos decir tres, y una de ellas más aguda que las demás, como lanzada por una mujer. La otra exclamación, de sorpresa, salió de boca de Raúl, que, no bien la hubo proferido, cerró la puerta. La tercera fue de espanto, y la exhaló Planchet, pues dio un paso para descender de nuevo.
-¿La señora?... -repuso Athos. -Perdonad, mi amigo, ignoraba que aquí arriba tuvieseis...
-Es Truchen -añadió Planchet un poco sonrojado.
-Quienquiera que sea, mi buen Planchet, perdonad nuestra indiscreción.
-No, no, ahora ya podéis subir, señores.
-¿Para qué? -repuso Athos.
-La señora ya está avisada, y habrá tenido tiempo...
-No Planchet. Adiós.
-No me deis el disgusto de quedaron en la escalera, señores, ni de salir de mi casa sin haberos sentado.
-De haber sabido nosotros que ahí arriba había una dama, - dijo Athos con su habitual serenidad -os habríamos pedido permiso para saludarla.
Planchet quedó tan cortado por aquella exquisita impertinencia, que forzó el paso y abrió por sí mismo la puerta para hacer entrar al conde y a su hijo. Truchen, ya completamente vestida con traje de tendera rica y coqueta, y mirando con sus ojos alemanes con mezcla de francés a los recién llegados, hizo a cada uno de éstos una reverencia y se bajó a la tienda, aunque no sin antes haber pegado el oído a la puerta para saber qué dirían de ella a Planchet los hidalgos visitadores; pero como Athos se lo figuró, no dijo una palabra respecto del particular. En cambio no tuvo otro remedio que escuchar a Planchet, que le contó sus idilios de felicidad, traducidos en un lenguaje más casto que el de Lòngo, y acabó diciendo que Truchen había hecho el encanto de su edad madura, y traído la bendición a sus negocios, como Ruth a Booz.
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