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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.150

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-La guerra es destrucción, en ella se gana todo, y sólo se pierde una cosa, la vida, y entonces tanto peor.
-Es decir, la memoria, -repuso Raúl con viveza, -es decir, tanto mejor.
Mas al ver que Athos se levantaba y abría la ventana, el joven se arrepintió de las palabras que acababa de pronunciar.
El acto del conde sin duda escondía una emoción; Raúl se abalanzó a su padre, que ya había devorado su dolor, pues reapareció en el campo de luz de las bujías con el rostro sereno e impasible.
-¿En qué quedamos? -preguntó el duque, -¿se viene o no se viene conmigo? Si se viene le nombro mi edecán, y os prometo mirarlo como a hijo, conde.
-¡Monseñor! -exclamó Raúl hincando una rodilla.
-Monseñor, -repuso Athos asiendo la mano al duque, - Raúl hará lo que mejor le plazca.
-No, sino lo que os plazca a vos, señor, -replicó el vizconde.
-Vaya, vaya, -dijo Beaufort, -aquí no hay conde ni vizconde que valgan. Me llevo al Bragelonne. La marina le abre una carrera brillantísima, amigo mío.
Raúl entendió, y recobró su serenidad, y no volvió a proferir palabra.
Al ver lo avanzado de la hora, Beaufort se levantó y dijo apresuradamente:
Tengo prisa; pero a quien me diga que he perdido el tiempo conversando con un amigo, le responderé que en cambio he hecho una buena adquisición.
-Con perdón, señor duque, -repuso Bragelonne, -pero no digáis nada respecto de mí al rey, a quien no estoy dispuesto a servir.
-¿A quién, pues, vas a servir si no al rey, muchacho? -objetó el duque. -Pasaron ya aquellos tiempos en que podías haber dicho que servías a Beaufort. Hoy, grandes y chicos, servimos al rey; por eso si sirves en mis naves, no valen subterfugios, mi querido vizconde, a quien servirás será a Su Majestad.
Athos aguardaba con cierta alegría impaciente la manera cómo iba a escaparse de aquel callejón sin salida el vizconde, enemigo irreconciliable del rey, su rival. El padre creía que el obstáculo ahogaría el deseo y casi estaba agradecido al Beaufort, cuya ligereza o cuya generosa reflexión acababa de poner otra vez en duda la partida de un hijo su único gozo. Pero Raúl contestó con voz firme y sosegada:
-Ya yo había resuelto en mi ánimo la objeción que me hacéis, señor duque. Pues me hacéis la gran merced de llevarme con vos, serviré en vuestras naves, pero en ellas serviré a un amo más poderoso que el rey: a Dios.


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