El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.149
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En esto entró Bragelonne precediendo al Grimaud, que traía en sus todavía seguras manos una salvilla con un vaso y una botella del vino predilecto del duque.
Beaufort, al ver a su antiguo protegido, exclamó con alegría:
-Buenas noches, Grimaud, ¿qué tal va esa salud?
Grimaud, tan lleno de satisfacción como su noble interlocutor, hizo una profunda reverencia.
-¡Dos amigos! -exclamó el duque sacudiendo con robusta mano el hombro del honrado Grimaud, que hizo una reverencia más profunda que la primera.
-¡Cómo! ¿un sólo vaso, conde? -repuso Beaufort.
-Sólo beberé con Vuestra Alteza si Vuestra Alteza se digna invitarme a que lo haga, -contestó con noble humildad Athos.
-¡Vive Dios! que habéis hecho bien en no haber hecho traer más que un vaso, -replicó el duque; -así beberemos los dos en él como dos hermanos de armas. Vos primero, conde.
-Pues os dignáis hacerme tal favor, hacédmelo por entero, -dijo Athos apartando con suavidad el vaso.
-Sois un grande amigo, -repuso Beaufort, que bebió y entregó el vaso de oro a su compañero: -pero como todavía tengo sed, quiero honrar a ese garrido mozo que está ahí en pie. -Y volviéndose hacia Raúl, añadió: -La dicha va conmigo, vizconde; mientras bebáis en mi vaso, desead algo, y acabe conmigo la peste si no veis cumplido vuestro deseo.
El duque tendió el vaso al Bragelonne, que humedeció precipitadamente en el vino los labios y dijo con igual presteza:
-Deseo algo, monseñor.
A Raúl le brillaron con fuego sombrío los ojos, se le encendieron las mejillas, y se sonrió de modo que llenó de espanto al Athos.
-¿Qué deseáis? -preguntó Beaufort sentándose en el sillón, mientras con una mano entregaba la botella y una bolsa a Grimaud.
-¿Me prometéis acceder a mi deseo, monseñor?
-Desde luego, pues tal es lo pactado.
-Pues deseo acompañaros a Djidgeli, monseñor. Athos se puso pálido y no pudo ocultar su turbación. -Es difícil, muy difícil, mi querido vizconde, -repuso el duque bajando la voz y después de haber mirado al su amigo como para ayudarle a parar aquel golpe imprevisto.
-Perdonad, monseñor, he sido indiscreto, -repuso Bragelonne con voz firme; -pero como vos mismo me habéis invitado...
-¿A que me dejarais? -atajó el conde.
-Señor, ¿cómo podéis creer...?
-¡Qué caramba! -exclamó el duque. -el vizconde tiene razón. ¿Qué va a hacer aquí sino morirse de tristeza?
Raúl se sonrojó; pero el príncipe, enardecido, prosiguió:
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