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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.148

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-Quisisteis salir de Vincennes, monseñor.
-¡Hombre! ¿por ventura no me ayudasteis vos a salir de allí? A propósito, ¿dónde está Vaugrimaud que no lo veo por más que miro al todas partes? ¿Sigue bien?
-Vaugrimaud continúa siendo el más respetuoso servidor de Vuestra Alteza, -respondió Athos sonriéndose.
Traigo para él y por vía de legado cien doblones. Tengo hecho mi testamento, conde, y comprenderéis que si vieran el nombre de Grimaud en mi testamento...
El duque se echó a reír; luego se volvió hacia Raúl, que desde el comienzo de aquella conversación se quedó profundamente pensativo y le dijo:
-Joven, me consta que en esta casa hay cierto vino de Vauvray...
Raúl salió apresuradamente para servir al duque; el cual, una vez a solas con el conde, le tomó la mano y le preguntó, aludiendo a Bragelonne:
-¿Qué pensáis hacer de él?
-Por lo pronto, nada, monseñor.
-Ya, de resultas de la pasión del rey por... La Valiére.
-Esto es, monseñor.
-¿Conque es cierto lo que dicen?... Me baila por la mente que yo he visto en alguna parte a la muchacha esa, y si mal no recuerdo, no es hermosa.
-No lo es, monseñor. -¿Sabéis a quién me recuerda? -No sé, monseñor.
-Me recuerda a una moza no mal parecida, hija de una mujer que vivía en el mercado.
-¡Ah! -exclamó Athos sonriéndose.
-¡Qué hermosos tiempos aquellos! -dijo Beaufort. -Pues sí. La Valiére me recuerda a aquella muchacha.
-¿No tuvo un hijo?
-Paréceme que sí, -respondió el duque con indolente ingenuidad, con un olvido indecible. -De manera que el pobre Raúl... Es hijo vuestro, ¿no es verdad?
-Sí, monseñor.
-De manera que el pobre muchacho se ha visto desbancado por el rey, y de resultas, vos y él ponéis mala cara al soberano.
-Hacemos más que ponerle mala cara, monseñor; nos hemos separado de él.
-¿Vais a dejar que se pudra ese muchacho? Hacéis mal. Dádmelo al mí.
-Deseo conservarlo a mi lado, monseñor. No tengo más que él en el mundo, y mientras se avenga a permanecer...
-Bien, bien, -repuso el duque. -Sin embargo, yo lo hubiera reconciliado sin tardanza con el rey. Es de la madera de que se hacen los mariscales de Francia, y a más de uno de su fuste, he visto yo empuñar el bastón de mariscal.
-No digo que no, monseñor; pero como el rey es quien nombra a los mariscales de Francia, Raúl nunca aceptará cosa alguna de Su Majestad.


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