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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.147

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-Voy a convertirme en príncipe africano, en caballero beduino. El rey me envía a hacer la guerra a los árabes.
-¡Qué decís, monseñor!
-¿Verdad que es fenomenal? Yo, el parisiense por excelencia, yo, que he reinado en los barrios y fui llamado rey de los mercados, paso de la plaza de Maubert a los minaretes de Djidgeli; de frondista me convierto en aventurero.
-Si vos mismo no me lo dijeseis, monseñor...
-No lo creeríais. Sin embargo, dad crédito a mis palabras, y despidámonos. Esto trae el recobrar el favor.
-¿El favor?
-Sí. ¿Os sonreís? ¡Ah! mi querido conde, ¿sabéis por qué he aceptado?
-Porque Vuestra Alteza antepone la gloria a todo.
-No, conde, andar a mosquetazos con los salvajes no es glorioso. Yo no tomo la gloria por este lado, y lo más probable es que en vez de gloria encuentre yo otra cosa... Pero quise y quiero, ¿oís bien, señor conde? que mi vida tenga esta última faz después de haber brillado de tan singular manera durante medio siglo. Porque no podéis menos de convenir conmigo, en que no deja de ser notable el haber nacido hijo de rey, haber hecho la guerra a reyes, figurado entre los grandes del siglo, llenado dignamente los deberes de su jerarquía, trascender a Enrique IV, y ser grande almirante de Francia, para ir a hacerse matar en Djidgeli, en medio de turcos, sarracenos y moros.
-Rara es vuestra insistencia sobre el particular, monseñor, -repuso Athos turbado. -¿Cómo admitir que una carrera tan brillante como la vuestra vaya a tener por remate un fin tan obscuro?
-¿Acaso os creéis, hombre justo y sencillo, que si por tan ridículo pretexto voy al Africa, no haré por salir de ella sin menoscabo? ¿Por ventura no haré hablar de mí? Y para que hablen de mí actualmente, cuando brillan Condé, Turena y otros tantos, ¿qué me queda a mí, almirante de Francia, hijo de Enrique IV, rey de París, sino hacerme matar? ¡Voto al diablo! yo os juro que hablarán de mí; pese a todo dios me matarán, si no en Africa, en otra parte.
-Exageráis, monseñor, -dijo el conde, -y nunca os habéis mostrado exagerado sino en punto al valor.
-Valor se requiere para irse uno al arrostrar el escorbuto, la disentería, la langosta y las flechas emponzoñadas. Además, hace tiempo que lo tengo pensado, y cuando me decido, el demonio que me haga desistir.


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