El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.146
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Cual dos fantasmas, los fugitivos se agrandaban a proporción que iban alejándose, y no fue entre la niebla, no en la pendiente del suelo donde desaparecieron: al final de la perspectiva, Aramis y Porthos pareció como que habían dado con los pies a sus cuerpos un impulso que les hizo perderse evaporados en las nubes.
Entonces y con el corazón opreso Athos entró otra vez en su casa y dijo a Bragelonne:
-El corazón me dice que no volveré a ver a esos dos hombres. De repente atrajo la atención de padre e hijo hacia la alameda, un rumor de caballos y de voces.
Algunos porta antorchas a caballo sacudían alegremente sus hachas en los árboles del camino, y de cuando en cuando volvían el rostro para no alejarse de los jinetes que les seguían.
Aquella luz, aquel ruido, el polvo que levantaban una docena de caballos ricamente enjaezados, hicieron estupendo contraste en medio de la noche con la desaparición sorda y fúnebre de Porthos y de Aramis.
Athos entró en su casa; pero apenas hubo llegado a su terraza, cuando pareció que la verja se inflamaba, todas las antorchas se detuvieron y abrasaron con su claridad el camino.
-¡El señor duque de Beaufort! -gritó una voz.
Athos al oír aquel grito, se abalanzó a la verja.
BEAUFORT
Ya el duque se había apeado y buscaba algo alrededor.
-Aquí estoy, monseñor, -dijo Athos.
-¡Hola! Buenas noches, ¿es muy tarde para un amigo, querido conde?
Beaufort, del brazo de Athos entró en casa, seguido de Raúl que iba respetuosa y modestamente entre los oficiales del príncipe, de los cuales muchos eran amigos suyos.
El príncipe se volvió en el instante en que Raúl, para dejarle solo con Athos cerraba la puerta para pasar con los oficiales a una sala contigua.
-¿Es ese el mozo de quien he oído tantos elogios de boca del señor príncipe de Condé? -preguntó Beaufort.
-Sí, monseñor, -respondió el conde.
-¡Es todo un soldado! No está de más aquí. Decidle que se quede, conde.
-Raúl, quedaos, ya que monseñor lo consiente, -dijo Athos.
-¡Caramba! es gallardo y hermoso, -prosiguió el duque. - ¿Me lo daréis si os lo pido?
-¿En qué sentido me lo preguntáis, monseñor? -dijo el conde.
-He venido para despedirme de vos.
-¿Para despediros, monseñor?
-Sí. ¿No imagináis poco ni mucho lo que voy a ser?
-Lo que siempre habéis sido, monseñor; príncipe valiente y caballero cumplido.
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