El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.145
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-Tendréis mis dos caballos mejores, Aramis, y os recomiendo a Porthos.
-Nada temáis. Dos palabras más; ¿os parece que hago para con él lo que debo?
-Estando, como está hecho el mal sí; porque el rey no lo perdonaría, y luego , por más que él diga, siempre tenéis un apoyo en el señor Fouquet, que nos os abandonará, ya que no obstante su heroico comportamiento, también está muy comprometido.
-Decís bien. He ahí por qué en vez de embarcarme inmediatamente, lo que daría a comprender mi temor y me haría culpable voy a quedarme en territorio francés. Pero Belle-Isle será para mí el territorio que yo quiera: inglés, español o romano, todo consiste en el pabellón que yo enarbole.
-¿Cómo así?
-Yo soy quien ha fortificado a Belle-Isle, y mientras yo la defienda, no habrá quien ponga la planta en ella. Además de que, como vos lo habéis dicho hace poco, puedo contar con el señor Fouquet, lo cual quiere decir que sin el consentimiento del superintendente no atacarán a Belle-Isle.
-Es verdad. Sin embargo, sed prudente. Aramis se sonrió.
-Os recomiendo a Porthos, -repitió el conde con fría insistencia.
-Nuestro hermano Porthos seguirá mi suerte, -repuso Aramis en el mismo tono.
Athos se inclinó y estrechó la mano de Aramis; luego se acercó al Porthos y le dio un efusivo abrazo.
-¿Verdad que nací con buena estrella? -repuso él, embozándose en su amplia capa.
Venid, amigo mío, -dijo Aramis.
Raúl se había anticipado para dar las órdenes del caso y hacer ensillar los dos caballos.
Ya el grupo se había dividido; ya Athos miraba a sus amigos a punto de partir, cuando algo así como una niebla pasó por delante de los ojos del conde y le cayó cual losa de plomo sobre el corazón.
-¡Es singular! -dijo entre sí Athos. -¿De qué nace ese anhelo de abrazar nuevamente a Porthos?
Precisamente Vallón se había vuelto, y se acercaba con los brazos abiertos a su antiguo amigo.
Aquel último abrazo encerró tanta ternura como en la juventud, como en los tiempos en que el corazón latía con fuerza, como en los días en que la vida se presentaba color de rosa.
Porthos subió sobre el caballo, mientras Aramis se volvía para echar nuevamente los brazos al cuello de Athos.
Este vio a sus dos amigos en el camino real alargarse en la sombra con sus blancas capas.
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