El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.143
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EL ÚLTIMO ADIÓS
Raúl lanzó una exclamación de alegría y abrazó con ternura a Porthos, Aramis y Athos se abrazaron como se abrazan los hombres maduros, y aun para el primero aquel abrazo equivalió a una pregunta, pues dijo sin tardanza:
-Amigo mío, estamos aquí por poco rato.
-¡Ah! -exclamó el conde.
-El tiempo de poneros al tanto de mi buena suerte, -repuso Porthos.
-¡Ah! -exclamó Raúl.
Athos miró a Aramis, cuyo ademán sombrío le pareció poco en armonía con la buena nueva de que hablaba Vallón.
-¿Qué buena suerte os ha traído? -preguntó Raúl sonriéndose.
-El rey me hace duque, -respondió con misterio el buen Porthos inclinándose hasta el oído del joven duque vitalicio. Pero los apartes del coloso eran siempre lo bastante sonoros para que todos los oyeran.
Athos lanzó una exclamación que hizo estremecer a Aramis, que se apoyó en el brazo de su amigo, y, después de haber pedido licencia a Porthos para hablar algunos momentos aparte, dijo al conde:
-Mi querido Athos, estoy transido de dolor.
-¡De dolor! -exclamó el conde; -¿qué decís, mi querido amigo?
-He aquí en dos palabras lo que pasa: he conspirado contra el rey, la conspiración ha abortado, y a esta hora es indudable que me buscan.
-¡Os buscan!... ¡una conspiración!... Pero ¿qué estáis diciendo, amigo mío?
-La triste verdad. Estoy perdido.
-Pero Porthos ... ese título de duque... ¿qué significa todo eso?
-Esta es la causa de mi pesadumbre mayor; esta mi herida más profunda. En la creencia de un triunfo infalible, arrastré a Porthos en mi conjuración, a la que aplicó todas sus fuerzas, sin saber absolutamente nada, y hoy está comprometido y perdido como yo.
-¡Dios santo! -exclamó el conde volviéndose hacia Porthos, que le dirigió una sonrisa de cariño.
-Es menester que lo comprendáis todo, -prosiguió Aramis. -Escuchadme.
Y Herblay contó la historia que ya conocemos.
-Era una grande idea, -repuso el conde, -pero también una falta muy grande...
-De la que estoy castigado, -exclamó Aramis.
-Por eso no os revelaré por entero mi pensamiento.
-No temáis en manifestármelo.
-Pues bien, lo que habéis hecho vos es un crimen.
-Capital, lo sé; es crimen de lesa majestad.
-¡Pobre Porthos! -dijo el conde.
-¿Qué queréis que haga? Ya os he dicho que el triunfo era seguro.
-Fouquet es hombre honrado.
-Y yo un necio por haberle juzgado tan mal.
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