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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.141

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-Esto vale un Luis -repuso Herblay.
-No, señor, sino un escudo.
-Os daré un escudo, pero eso no menoscaba para nada mi derecho a daros un luis por vuestra buena ocurrencia.
-Está caro -repuso leno de alegría el maestro de postas.
El maestro de postas encargó a uno de sus mozos de cuadra que condujera los forasteros a La Fere.
Prthos se sentó en la carreta, junto a Aramis, y dijo al oído de éste:
-Comprendo.
-¡Ah! -replicó Aramis: -¿y qué comprendéis, mi buen amigo?
-Vamos de parte del rey a hacer una proposición de grande importancia a Athos.
-¡Psé!
-No me digáis nada -añadió Porthos procurando hacer contrapeso para evitar los tumbos de la carreta, -no me digáis nada; adivinaré.
-Eso es, adivinad.
A las nueve de la noche y a la claridad de una luna despejada, Porthos y Aramis llegaron a casa de Athos.
Porthos y su compañero se apearon a la puerta del pequeño castillo, que es donde vamos a encontrar de nuevo a Athos y a Bragelonne, desaparecidos ambos después del descubrimiento de la infidelidad de Luisa.
Si hay una máxima verdadera, es la que reza que los grandes dolores encierran en sí el germen de su consuelo. En efecto, la dolorosa herida abierta en el corazón de Raúl, acercó a él a su padre y Dios sabe si eran dulces los consuelos que manaban de los elocuentes labios y del alma generosa de Athos. Sin embargo, no siempre Raúl comprendía a su padre; y es que para el corazón verdaderamente enamorado, nada reemplaza el recuerdo y el pensamiento del objeto amado. Entonces decía Raúl a su padre:
-Señor, cuanto me decís es cierto: creo firmemente que no hay quien haya sentido más quebrantado el corazón que vos; pero vos sois demasiado grande por lo que atañe a la inteligencia, y excesivamente probado por la desventura, para no ser indulgente con la debilidad del soldado que padece por la primera vez. Pago un tributo que no volveré a pagar; por lo tanto, toleradme que me abisme cuando pueda en el dolor, que sumergido en él me olvide de mí mismo y se anegue mi corazón.
-¡Raúl! ¡Raúl!
-Escuchad, señor; nunca me acostumbraré a la idea de que Luisa, la más casta y candorosa de las mujeres pueda haber engañado de manera tan vil a un hombre tan honrado y tan amante como yo; nunca acertaré a resolverme a ver aquel rostro apacible y angelical convertido en cara hipócrita y lasciva.


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