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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.140

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-Van a hacerme duque -dijo en alta voz y hablando consigo mismo.
-Puede que sí -replicó Aramis sonriéndose a su modo. Aramis tenía la cabeza hecha un volcán, la actividad de su cuerpo no había conseguido sobreponerse a la de su espíritu. en el camino real, y libre de entregarse a lo menos a las impresiones del momento, Herblay vomitaba una blasfemia a cada tropiezo de su cabalgadura y a cada desigualdad del terreno. Pálido y cubierto de hirviente sudor, clavaba despiadadamente las espuelas en los ijares de su montura.
Así crrieron por espacio de ocho largas horas los fugitivos, hasta que llegaron a Orleans.
Eran las cuatro de la tarde, y Aramis, al interrogar sus recuerdos, dio por cierto que toda persecución era imposible. Admitiendo la persecución, que, por otra parte, no era manifiesta, los fugitivos tenían una ventaja de cinco horas sobre sus perseguidores.
Para Herblay, no habría sido imprudente descansar, pero seguir adelante era asegurar la partida.
Dio, pues, a Porthos el disgusto de montar nuevamente a caballo, y ambos devoraron el espacio hasta las siete de la tarde, hora en que se apearon en una venta.
No les faltaba más que una posta para llegar a Blois; pero un contratiempo diabólico vino a sembrar la alarma en el corazón de Aramis. En aquella posta no había caballos.
El prelado se preguntó por qué infernal maquinación sus enemigos habían conseguido quitarle el medio de ir más alá, a él que no tenía por Dios al acaso y veía en todo resultado una causa. Pero en el instante en que iba a dar rienda a su enojo para obtener una explicación o un caballo, se le ocurrió una idea: se acordó de que el conde de La Fere vivía en las cercanías.
-No viajo ni hago posta entera -dijo Herblay al maestro de postas. -Dadme, pues, dos caballos para ir a visitar a un señor amigo mío que mora no lejos de aquí.
-¿Qué señor? -preguntó el maestro de postas.
-El señor conde de La Fere.
-¡Ah! -repuso el maestro descubriéndose con respeto, -no puedo proporcionaros dos caballos, pues todos los tiene acaparados el señor duque de Beaufort.
-¿El señor duque de Beaufort? -repuso Aramis con disgusto.
-Con todo -continuó el maestro de postas, -si os place serviros de un carretón, haré enganchar a él un caballo ciego al que sólo le quedan los remos, y así podréis llegar a casa del señor conde de La Fere.


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