El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.139
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Felipe se acercó a Ana de Austria, y con voz dulcísima y noblemente conmovida, dijo:
-Madre, madre mía, si yo no fuese vuestro hijo os maldeciría por haberme hecho tan desgraciado.
D´Artagnan sintió hielo en la médula de sus huesos, y saludando respetuosamente al joven príncipe, le dijo medio encorvado:
-Monseñor, perdonadme, no soy más que un soldado, y mis juramentos me ligan al que acaba de salir de este aposento.
-Gracias, señor de D´Artagnan. Pero ¿qué ha sido del señor de Herblay?
-El señor de Herblay está a salvo, monseñor -dijo una voz tras ellos, -y mientras yo aliente o esté libre, nadie le tocará un cabello.
-¡Ah! ¿sois vos, señor fouquet? -repuso Felipe sonriéndose con tristeza.
-Perdonadme, monseñor -replicó el superintendente; -pero el que acaba de salir de aquí era mi huésped.
-A eso le llamo yo ser buenos y dignos amigos -murmuró Felipe exhalando un suspiro. -Ellos me hacen desear el mundo. Señor de D´Artagnan, os sigo.
En el instante en que el capitán de mosqueteros iba a salir, apareció Colbert, entregó a aquél una orden del rey y se retiró.
D´Artagnan estrujó con rabia el papel.
-¿Qué es ello? -preguntó el príncipe.
-Leed, monseñor -contestó el mosquetero.
Felipe leyó las siguientes palabras, trazadas apresuradamente por la mano de Luis XIV:
«El señor D´Artagnan va a conducir al preso a las islas de Santa Margarita, y le cubrirá el rostro con una visera de hierro, que aquél no podrá levantar bajo pena de muerte.»
-Está bien -dijo con resignación el desventurado príncipe. -Estoy pronto.
-Aramis tenía razón -repuso Fouquet al oído del mosquetero; -tan rey es éste como el otro.
-¡Más! -replicó D´Artagnan. -Sólo le faltamos vos y yo.
EN EL QUE PORTHOS CREE QUE CORRE TRAS UN DUCADO
Aramis y Porthos aprovecharon el tiempo que les concedió Fouquet.
Porthos no comprendía para qué género de comisión le obligaban a desplegar tal velocidad; pero al ver que Aramis arreaba a su cabalgadura, él no le iba a la zaga. Así pronto se encontraron a doce leguas de Vaux, luego hubo necesidad de cambiar de caballos y organizar un servicio de postas.
Allí fue donde Porthos se aventuró a interrogar discretamente a Aramis.
-¡Chitón! -replicó Herblay; -contentaos con saber que nuestra fortuna depende de nuestra rapidez.
Como si Porthos hubiera sido todavía el mosquetero sin blanca de 1926, siguió adelante, movido por la mágica palabra «fortuna».
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