El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.138
Indice General
|
Volver
Página 138 de 295
De pronto no pudiera haber dicho por qué dudaba; pero es seguro que sabía que había tenido razón al dudar, y que en aquel encuentro de los dos Luises, estaba todo el misterio que, durante aquellos últimos días, hizo tan sospechosa al mosquetero la conducta de Aramis.
Sin embargo, D´Artagnan, como los actores todos de aquella escena, no veía claro; parecía nadar en las nieblas de un pesado sueño.
De pronto, Luis XIII, más impaciente y más acostumbrado a mandar, se abalanzó a los postigos y los abrió de par en par rasgando las colgaduras, dando con ello paso a una oleada de luz que inundó de claridad el dormitorio e hizo retroceder a Felipe hasta la alcoba.
-Madre -exclamó Luis aprovechando con ardor el movimiento de Felipe y dirigiéndose a Ana de Austria; -madre, ya que aquí han desconocido todos a su rey, ¿no conocéis vos a vuestro hijo? ´
Ana de Austria se estremeció y levantó las manos hacia el cielo sin poder articular palabra.
-Madre -dijo Felipe con voz tranquila, -¿no conocéis a vuestro hijo?
Luis retrocedió a su vez.
Ana de Austria, herida en su razón y en su alma por el remordimiento, perdió el equilibrio, y como nadie la socorrió por estar todos petrificados, cayó en su sillón exhalando un débil suspiro.
Luis XIV, no pudiendo soportar aquel espectáculo y aquella afrenta, se abalanzó a D´Artagnan, de quien empezaba a apoderarse el vértigo, y que se tambaleaba rozando la puerta que le servía de apoyo, y exclamó:
-¡A mí, mosqueteros! Miradnos a los dos cara a cara y ved cuál de las dos está más pálida.
Aquella voz despertó a D´Artagnan y removió en su corazón la fibra de la obediencia. Así pues, el mosquetero irguió la frente, y, sin vacilar más, se acercó a Felipe, le sentó la mano en el hombro y le dijo:
-Daos preso, caballero.
Felipe no levantó los ojos hacia el cielo, ni se movió del sitio en que se encontraba como si hubiese echado raíces en él; lo único que hizo fue clavar una intensa mirada en su hermano, reprochándole con sublime silencio todas las amarguras y todos sus martirios venideros. Ante aquel lenguaje de alma, Luis, sin fuerzas, bajó los ojos, y llevándose precipitadamente consigo a su hermano y a su cuñada, abandonó a su madre tendida y sin movimiento a tres pasos del hijo a quien por segunda vez dejaba condenar a muerte.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-295
|