El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.137
Indice General
|
Volver
Página 137 de 295
Los dós príncipes, desconcertados a cual más, pues renunciamos a pintar el espantoso sobrecogimiento de Felipe, temblorosos los dos, y los dos con las manos crispadas, se medían mutuamente con los ojos y hundían uno en el alma del otro miradas más agudas que un puñal. Mudos, jadeantes, encorvados, no parecía sino que iban a arremeterse cual encarnizados enemigos. Aquella inaudita semejanza de rostro, ademanes y estatura, la casual semejanza de trajes -pues Luis, al pasar por el Louvre, se había puesto uno dé terciopelo morado, -aquella acabada analogía de ambos príncipes acabó de trastornar el corazón de Ana de Austria, sin embargo que todavía no adivinaba la verdad. Que hay desventuras que el ser humano no se aviene a aceptar en la vida, y prefiere achacarlas a lo sobrenatural, a lo imposible. Luis no contó con aquellos obstáculos; Luis creyó que le bastaría presentarse para que todos lo conocieran. Sol viviente, no admitía que pudiesen compararle con hombre alguno ni que toda antorcha no se convirtiera en tinieblas tan pronto él hacía brillar su rayo vencedor. Así es que al ver a Felipe, quizás fue él quien quedó más petrificado que todos los demás, y su silencio, su inmovilidad, fueron el tiempo de recogimiento y de calma precursores de las explosiones violentas de la cólera.
Mas ¿quién sería capaz de pintar el sabrecogimiento y el estupor de Fouquet en presencia de aquel retrato viviente de su soberano? Fouquet se dijo mentalmente que Aramis tenía razón, que el intruso era un rey tan puro en su estirpe como el otro, y que para haber repudiado toda participación en aquel golpe de Estado tan hábilmente llevado a término por el general de los jesuitas, era preciso ser un loco entusiasta, para siempre indigno de poner las manos en una obra política. Además, Fouquet sacrificaba la sangre de Luis XIII a la sangre del mismo rey, una ambición noble a una ambición egoísta, el derecho de adquirir al derecho de conservar. Bastóle ver al pretendiente para comprender todo el alcance de su desacierto.
Para todos quedó envuelto en el misterio lo que pasó en el ánimo de Fouquet, el cual tuvo cinco minutos para concentrar sus meditaciones respecto de aquel punto del caso de conciencia; cinco minutos, es decir, cinco siglos durante los cuales los dos reyes y su familia apenas tuvieron tiempo de rehacerse de tan terrible conmoción.
D´Artagnan, arrimado a la pared, al lado del superintendente, con la mano en la cabeza y la mirada fija, no acertaba a explicarse aquel prodigio.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-295
|