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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.136

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Y aquí es de admirar la portentosa facilidad con que la Providencia acababa de derrumbar el mayor poder del mundo para sustituirlo con el más humilde.
Felipe admiraba la bondad de Dios para coni él, pero a las veces le parecía que se interpusiera una nube entre él y los rayos de su nueva gloria. Aquella nube era la ausencia de Aramis.
Decayó la conversación. Felipe no pensaba en despedir a su hermano ni a Enriqueta, que no acertaban a explicarse aquel descuido del rey, y empezaban a impacientarse. Entonces, Ana de Austria se inclinó hasta su hijo y le dirigió algunas palabras en castellano. Felipe, que ignoraba el idioma, palideció ante el inesperado obstáculo; pero como si el imperturbable espíritu de Herblay lo hubiese cubierto con su infalibilidad, en vez de desconcertarse se levantó.
-¡Qué! ¿no me respondéis? -repuso Ana de Austria.
-¿Qué ruido es ese? -preguntó Felipe volviéndose hacia la puerta de la escalera secreta. -¡Por aquí! ¡por aquí! ¡Faltan pocos escalones para llegar, Sire! -gritó una voz.
-La voz del señor Fouquet -dijo D´Artagnan, que estaba en pie junto a la reina madre.
-No andará lejos el señor de Herblay -añadió Felipe, el cual vio lo que nunca pudo esperar que vería tan cerca de sí.
Todos miraron hacia la puerta por la cual presumían iba a entrar Fouquet; pero no fue éste quien entró, sino otro personaje que arrancó una exclamación terrible, de dolor, al rey y a todos los circunstantes,
Ni aun los hombres cuyo sino encierra más elementos extraños y accidentes maravillosos, les es dado contemplar un espectáculo semejante al que ofrecía aquel momento el dormitorio real.
Al través de los medio cerrados postigos entraba una vaga claridad, velada por grandes colgaduras de terciopelo forradas de tupida seda.
En medio de aquella suave penumbra se habían dilatado poco a poco las pupilas, y cada cual veía a los demás antes con la confianza que no con los ojos. Con todo, en tales circunstancias llega uno a distinguir todo cuanto lo rodea, y si se presenta un nuevo objeto, éste aparece luminoso como bañado por los rayos del sol.
Esto fue lo que sucedió respecto de Luis XIV cuando apareció, pálido y con el ceño fruncido, baja el cortinón de la escalera secreta seguido de Fouquet, en cuyo rostro se veían impresas la severidad y la tristeza.
La reina madre, que tenía asida una de las manos de Felipe, al ver a Luis XIV, lanzó un grito, como lo habría hecho al ver un fantasma, el duque de Orleans quedó momentáneamente deslumbrado, y dejó de mirar al rey que tenía enfrente para posar los ojos en el que estaba a su lado, y la princesa, juguete de una ilusión qua nada tenía de inverosímil, se adelantó un paso, creyendo que veía reflejada en un espejo la imagen de u cuñado.


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