El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.135
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-Hermana mía -respondió Felipe, adivinando el pensamiento de la princesa, gracias a la maravillosa perspicacia que la fortuna iba a permitirle desplegar en lo sucesivo; -hermana mía, espero a un hombre notabilísimo, a un consejero hábil si los hay, y al cual quiero presentaros a todos, recomendándolo a vuestra indulgencia. ¡Ah! ¿sois vos, D´Artagnan? Entrad.
-¿Qué desea Vuestra Majestad? -preguntó el gascón adelantándose.
-¿Sabéis dónde está vuestro amigo el señor obispo de Vannes?
-Pero si...
-Lo estoy aguardando y no aparece. Que vayan por él.
D´Artagnan se quedó como quien ve visiones; pero reflexionando que Aramis había salido de Vaux ocultamente con una comisión del rey, dedujo que éste tenía empeño en guardar secreto. Así pues, replicó:
-¿Vuestra Majestad desea absolutamente que vayan por el señor de Herblay?
-Tanto como eso no -respondió Felipe; -no tengo tal necesidad de él, pero si lo encuentran...
-He dado en el blanco -dijo entre sí D´Artagnan.
-¿Ese señor de Herblay es el obispo de Vannes? -preguntó Ana de Austria.
-¿Y es el amigo del señor Fouquet?
-Sí, señora; en sus modales fue mosquetero.
Ana de Austria se ruborizó.
-Uno de aquellos cuatro valientes que hicieron tantas proezas -añadió Felipe.
La reina madre se arrepintió de haber querido morder.
-Sea cual fuese vuestra elección -dijo Ana de Austria, - desde luego la tengo por excelente.
-En él -continuó Felipe -veréis la profundidad de Richelieu, descartada la avaricia de Mazarino.
-¿Un primer ministro, Sire? -preguntó el duque de Orleans no teniéndolas todas consigo.
-Ya os lo contaré, hermano mío... Pero es singular que no esté aquí el señor de Herblay. -Y levantando la voz, añadió: -Avisen al señor Fouquet que tengo que hablar con él... ¡Ah! ante vosotros, ante vosotros; no os retiréis.
Saint-Aignán volvió trayendo nuevas satisfactorias de la reina María Teresa, que guardaba cama sólo por precaución y para recobrar la fuerza para cumplir la voluntad del rey.
Mientras andaban buscando por todas partes a Fouquet y a Herblay, el nuevo rey continuaba apaciblemente sus pruebas, y todo el mundo, familia, servidumbre y criados, le tenían por el rey, en su gesto, en su voz y en sus hábitos.
Felipe, aplicando a todas las fisonomías la nota y el dibujo fieles que le proporcionó su cómplice Herblay, se portaba de modo que no podía despertar la más leve sospecha en el ánimo de los que le rodeaban.
Nada podía en lo porvenir inquietar al usurpador.
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