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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.134

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-Sire -murmuró Ana de Austria, -mal, muy mal tratáis a vuestra madre.
-¿En qué os trato mal, señora? -replicó Felipe. -Solo hablo de la señora de Chevreuse. ¿O es que preferís la señora de Chevreuse a la seguridad de mi Estado y a la mía propia? Lo que digo y afirmo es que la señora de Chevreuse ha venido a Francia para pedir prestado dinero, y que se ha dirigido al señor fouquet para venderle cierto secreto.
-¡Cierto secreto! -exclamó Ana de Austria.
-Relativo a un supuesto robo cometido por el superintendente, lo cual es falso. El señor Fouquet la hizo despedir con indignación, pues prefiere la estimación del rey a toda complicidad con intrigantes. Entonces, la señora de Chevreuse fue y vendió el secreto al señor Colbert, y como es mujer insaciable, y no le bastaba haber arrancado cien mil escudos al intendente, picó más alto para ver si se hacía con mayores recursos... ¿Es o no es verdad lo que digo, señora?
-Todo lo sabéis, Sire -repuso la reina madre, más inquieta que irritada.
-Ya veis, pues, señora -continuó Felipe -que tengo derecho de mirar con malos ojos a esa harpíá que viene a tramar en mi corte la deshonra de unos y la ruina de otros. Si Dios ha permitido que se cometieran ciertos crímenes, y los ha ocultado bajo el manto de su clemencia, yo no admito que la señora de Chevreuse tenga el poder de contrarrestar los designios de Dios.
Tanto esta última parte del discurso de Felipe turbó a la reina madre, que se compadeció de ella, y, tomándole la mano, se la besó con ternura; pero Ana de Austria no advirtió que en aquel beso dado a pesar de las resistencias y los rencores del corazón, iba envuelto el perdón de ocho años de horribles padecimientos.
Felipe dejó que aquellas emociones se suavizaran, y tras un instante de silencio, dijo con cierta alegría:
-Todavía no partimos hoy; tengo un plan.
Felipe miró hacia la puerta por si veía a Herblay, cuya ausencia empezaba a inquietarlo. Y al ver que su madre se disponía a marcharse, repuso:
-Quedaos, madre; quiero que hagáis las paces con el señor Fouquet.
-Pero si no lo quiero mal; lo único que temo son sus prodigalidades.
-Pondremos coto a ellas, y no tomaremos del superintendente más que las buenas cualidades.
-¿Qué busca Vuestra Majestad? -preguntó Enriqueta al ver que el rey miraba hacia la puerta, y deseosa de dispararle una saeta al corazón, pues creyó que aquél esperaba a La Valiére o carta de ésta.


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