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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.133

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-¿Os habéis reconciliado con el señor Fouquet, hijo mío? - preguntó Ana de Austria.
-Saint-Aignán -dijo Felipe, -hacedme la merced de enteraros de cómo está la reina.
A estas palabras, las primeras que Felipe pronunció en voz alta, la ligera diferencia que había entre la voz de Felipe y la de Luis XIV, no pasó inadvertida a los oídos maternales; así es que Ana de Austria miró fijamente a su hijo.
-Señora -continuó Felipe una vez hubo salido Saint-Aignán -ya sabéis que no me place que me hablen mal del señor Fouquet, y vos misma me habéis hablado de él ventajosamente.
-Es verdad, por esto me ciño a interrogaros respecto a vuestra disposición para con él.
-Sire -dijo Enriqueta, -a mí siempre me ha sido simpático el señor Fouquet. Es hombre de gusto exquisito, y un excelente sujeto.
-Un superintendente que nunca escatima y que paga en oro cuantas libranzas le envío al cobro -añadió el duque de Orleans.
-Por lo que se ve -replicó la reina madre, -aquí todos miran únicamente por sí, y nadie por el Estado, y la verdad es que el señor Fouquet está arruinando el reino.
-¿También vos escudáis al señor Colbert, madre mía? -repuso Felipe bajando la voz.
-¿Por qué me decís eso? -preguntó Ana de Austria con sorpresa.
-Porque os expresáis como lo haría vuestra antigua amiga, la señora de Chevreuse.
Al oír este nombre, la reina palideció. Felipe había irritado a la leona.
-¿Qué me estáis diciendo de la señora de Chevreuse -repuso Ana de Austria, -y qué mosca os ha picado hoy contra mí?
-¿Por ventura -continuó Felipe, -la señora de Chevreuse no está siempre dispuesta a formar una liga contra alguien? ¿Acaso no os ha hecho recientemente una visita?
-Os expresáis de tal suerte -dijo Ana de Austria -que no parece sino que estoy oyendo a vuestro padre.
-Mi padre no podía ver a la señora de Chevreuse, y con razón -dijo Felipe. Tampoco yo puedo sufrirla, y si se atreve a venir, como en otro tiempo, para sembrar las disensiones y el odio so pretexto de mendigar dinero...
-¿Qué? -repuso con altivez Ana de Austria provocando la tormenta.
-La expatriaré, y con ella a todos los artesanos de secretos y misterios -contestó con resolución Felipe.
El no calculó el alcance de sus terribles palabras, o tal vez se propuso ver el efecto que producían.
Ana de Austria estuvo en un tris de caerse desmayada; abrió desmesuradamente los ojos, pero por un instante dejó de ver, y tendió los brazos hacia el duque de Orleans que le dio un beso sin temor de irritar al monarca.


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