El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.132
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El no se movió mientras sus ayudas de cámara lo vistieron, a imitación de lo que vio hacer, la víspera, a su hermano. Felipe desempeñó en aquel punto el papel de rey de manera que no despertó ninguna sospecha.
Felipe recibió, en traje de caza, a sus visitantes, y gracias a su memoria y a las notas de Aramis, conoció inmediatamente a Ana de Austria, a quien daba la mano el duque de Orleans, y a la princesa a la cual acompañaba Saint-Aignán. A todos dirigió Felipe una sonrisa, y, al conocer a su madre, se estremeció.
El noble e imponente rostro de la reina madre, descompuesto por el dolor, dispuso su corazón en pro de aquella famosa reina que inmolara un hijo a la razón del Estado. Felipe encontró hermosa a su madre, y como sabía que Luis XIV la amaba, se propuso amarla también, y no ser para su vejez un castigo cruel.
Felipe miró a su hermano con ternura fácil de comprender. El duque de Orleans nada había usurpado, a nadie perjudicado en su vida. Rama separada, dejaba que creciera el tallo, sin pensar en su propia elevación y majestad. Así como a su madre, Felipe se propuso amar a su hermano, a quien le bastaba el dinero, que da los placeres.
Después Felipe saludó afectuosamente a Saint-Aignán, que se deshacía en sonrisas y en reverencias, y, temblando, tendió la mano a su cuñada Enriqueta, de la que le llamó la atención la hermosura. Pero en los ojos de la princesa notó un resto de frialdad que le pareció de buen agüero para la facilidad de sus relaciones futuras.
-¡Cuánto más cómodo me será -dijo Felipe, -ser hermano de esa mujer, que no su galán, si me manifiesta una frialdad que mi hermano no podía sentir por ella, y que a mí me la impone el deber!
Lo que Felipe temía más en aquel momento era la presencia de la reina María Teresa; porque su corazón y su alma acababan de ser conmovidos por una prueba tan violenta que, a pesar de su buen temple, tal vez no hubieran soportado un nuevo choque. Por fortuna la reina no se presentó. Entonces, Ana de Austria empezó una disertación política respecto del recibimiento que el señor Fouquet había hecho a la familia real, y atenuó sus ataques con cumplimientos dirigidos al rey, con preguntas sobre su salud, con halagos maternales y con astucias diplomáticas.
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