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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.131

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-Está bien -exclamó Luis: -pero el mundo es bastante grande para que mis corredores ganen sobre vuestros caballos las cuatro horas de delantera que habéis concedido al señor de Herblay.
-Al concederle cuatro horas, Sire, sabía que le daba la vida, y la salvará.
-¿Cómo?
-Porque tras una carrera en la cual siempre llevará cuatro horas de ventaja a vuestros mosqueteros, llegará a mi castillo de Belle-Isle, donde le he dado asilo.
-Bueno -replicó el rey; -pero olvidáis que me donasteis Belle-Isle.
-No para hacer arrestar en ella a mis amigos.
-¡Ah! ¿os reincorporáis de Belle-Isle?
-Para eso, sí, Sire.
-Mis mosqueteros volverán a quitárosla, y en paz.
-Ni vuestros mosqueteros ni todo vuestro ejército son capaces de tomarla, Sire. Belle-Isle es inexpugnable -dijo Fouquet con frialdad.
El rey perdió el color y lanzó un rayo por los ojos. Fouquet conoció que estaba perdido; pero como no era hombre que retrocediera ante la voz del honor, sostuvo la rencorosa mirada del rey, que devoró su rabia.
-¿Vamos a Vaux? -preguntó Luis XIV tras una pausa de silencio.
-Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad -contestó Fouquet haciendo una profunda reverencia; -pero creo que Vuestra Majestad no puede prescindir de mudar de traje antes de presentarse en la corte.
-Pasaremos por el Louvre -dijo el rey.
-Vamos.
Luis XIV y Fouquet se marcharon en presencia del despavorido Baisemeaux, que una vez más vio salir a Marchiali, y se arrancó los pocos cabellos que le quedaban.

EL FALSO REY

En Vaux el real usurpador continuaba desempeñando a las mil maravillas su papel de rey.
Felipe ordenó que, para su salida de la cama, introdujesen a las entradas, ya dispuestas para presentarse a su rey. Y se decidió a dar tal orden, pese a la ausencia de Herblay, que no se dejaba ver de nuevo, nuestros lectores saben por qué. Pero el príncipe, creyendo que aquella ausencia no podía prolongarse, quería, como todos los hombres temerarios, ensayar su valor y su fortuna, fuera de toda protección y consejo.
Otra razón le impedía a ello: Ana de Austria iba a aparecer. La madre culpable iba a encontrarse en presencia de su hijo sacrificado; y Felipe no quería, de sentir una debilidad, hacer testigo de ella al hombre ante el cual estaba obligada a desplegar en adelante tanta energía.
Felipe abrió de par en par la puerta, y entraron silenciosamente algunos personajes.


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