El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.130
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Vuestra Majestad tiene el juicio turbado con la cólera; de lo contrario, no ofendería sin razón a su servidor que le ha prestado el más importante servicio.
Viendo Luis XIV que se había excedido, que las puertas de la Bastilla todavía estaban cerradas para él, mientras poco a poco iban abriéndose las esclusas tras las cuales el generoso Fouquet contenía su cólera, repuso:
-No lo he dicho para humillaros. ¡Dios me libre! Lo que hay, es que os dirigís a mí para obtener un perdón, y os respondo según me dicta mi conciencia. Ahora bien, según mi conciencia, los culpables de quienes estamos hablando no son dignos de clemencia ni de perdón.
Fouquet guardó silencio.
-En esto -prosiguió el rey, -mi conducta es tan generosa como la vuestra en cuanto a lo que os ha traído, porque la verdad es que estoy en vuestro poder. Y aun añado que lo es más, atento que vos me imponéis condiciones de las cuales pueden pender mi libertad y mi vida, y el negarme a admitirlas, es hacer un sacrificio.
-Realmente la sinrazón está de mi parte -repuso Fouquet; -en la apariencia os obligaba a ser clemente; me arrepiento, Sire, y os suplico que me perdonéis.
-Lo estáis, mi querido señor Fouquet -dijo el rey sonriéndose de modo que acabó de serenar su rostro, alterado desde la víspera, por tantos acontecimientos.
-Bueno, yo ya he obtenido mi perdón -repuso el obstinado ministro- -pero ¿y los señores de Herblay y de Vallón?
-No lo obtendrán mientras yo viva -replicó el inflexible rey. -Hacedme la merced de no volver a decirme jamás una palabra sobre el particular.
-Seréis obedecido, Sire.
-¿Y no me guardaréis rencor por mi negativa?
-No, Sire, porque había previsto el caso.
-¿Vos habéis previsto el caso de que yo negaría el perdón a aquellos señores?
-Sí, Sire, y lo prueba el que he tomado todas mis disposiciones en consonancia con mi previsión.
-¿Qué queréis decir? -exclamó con sorpresa el soberano. -Por decirlo así, el señor de Herblay acaba de ponerse a mi discreción, dejándome la honra de salvar a mi rey y a mi patria. ¿Podía yo condenar a muerte al señor de Herblay? No, como tampoco exponerle a la legítima indignación de Vuestra Majestad, lo cual hubiera sido lo mismo que si yo hubiese matado por mi mano.
-¿Qué habéis hecho?
-Sire, he dado al señor de Herblay mis mejores caballos, y llevan cuatro horas de delantera a cuantos Vuestra Majestad pueda enviar en persecución de aquél.
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