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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.128

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-Sire, Sire, os avanzáis en demasía. El señor conde de La Fere es el hombre más de bien que hay en Francia. Contentaos con lo que pongo en vuestras manos.
-Corriente, porque eso quiere decir que ponéis en mis manos a los culpables.
-¿Qué interpretación da Vuestra Majestad a mis palabras? - preguntó Fouquet.
-Entiendo que vamos a llegar a Vaux con las tropas, y que no va a escapar ni uno de cuantos forman aquel nido de víboras.
-¡Qué! ¿Vuestra Majestad va a matar a los suyos? -exclamó Fouquet.
-¡Hasta el último!
-¡Oh! ¡Sirte!
-Entendámonos, señor Fouquet -dijo con altivez el monarca. -Yo no vivo en un tiempo en que el asesinato sea la única y última razón de los reyes. Gracias a Dios no es así. Tengo parlamentos que juzgan en mi nombre, y patíbulos en los que ejecutan mi voluntad suprema.
-Me propaso a hacer observar a Vuestra Majestad -replicó Fouquet palideciendo, -que todo proceso sobre esta materia será un escándalo mortífero para la dignidad del trono. Hay que evitar a todo trance que el augusto nombre de Ana de Austria circule por los labios del pueblo, entreabiertos por una sonrisa.
-Hay que hacer justicia. señor Fouquet.
-Está bien, Sire; pero la sangre real no puede correr en el patíbulo.
-¡La sangre real! ¿y vos creéis eso? -exclamó el rey enfurecido y dando una patada en el suelo. -El parto doble de que me habéis hablado es pura fábula. Ahí, sobre todo, en esa fábula, es donde para mí está el crimen de Herblay, ese es el crimen que yo quiero castigar, mucho más que no la violencia y el insulto que me han inferido él y Vallón.
-¿Castigar de muerte?
-De muerte.
-Sire -repuso con firmeza el ministro, levantando con majestad la frente, -si os gusta, haréis decapitar a Felipe de Francia, vuestro hermano; eso os atañe a vos, Sire, y sobre el particular consultaréis a vuestra madre Ana de Austria. Lo que ordenéis estará bien ordenado. Quiero, pues, no mezclarme más en este asunto, ni siquiera para la mayor honra de vuestra corona; pero tengo que pediros una gracia, y os la pido, Sire.
-¿Cuál? -preguntó el rey turbado por las últimas palabras del ministro.
-El perdón de los señores de Herblay y de Vallón.
-¿Mis asesinos?
-No, Sire, sino dos rebeldes.
-Comprendo que me pidáis el perdón para vuestros amigos.


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