El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.127
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-En efecto -exclamó el rey. Y ese hombre ¿dónde está?
-¿Dónde sino en Vaux?
-¡En Vaux! ¿Y vos consentís que permanezca en Vaux un hombre tal?
-Sire, he creído que lo más apremiante era librar a Vuestra Majestad. Cumplido este deber, haré lo que el rey me ordene.
-Concentremos tropas en París -dijo el monarca, después de unos instantes de reflexión.
-Ya están dadas las órdenes al efecto -contestó Fouquet.
-¿Las habéis dado vos? -exclamó el rey.
-Para esto sí, Sire. Antes de una hora Vuestra Majestad estará al frente de diez mil hombres.
Por toda respuesta, el rey tomó con tal efusión la mano del superintendente que se veía cuánta desconfianza había conservado hasta entonces hacia el primer ministro, a pesar de la intervención de éste.
-¿Y con los diez mil hombres -prosiguió el rey, -vamos a sitiar, en vuestra casa, a los rebeldes, que a estas horas deben haber ya tomado posesión de ella y tal vez atrincherándose en ella.
-Me admira de que tal sucediese.
-¿Por qué?
-Porque he desenmascarado a su jefe, el alma de la empresa, y a mi ver ha abortado el plan.
-¿Vos habéis desenmascarado al supuesto príncipe?
-No, Sire, ni siquiera lo he visto.
-¿A quien, pues, habéis desenmascarado?
-El jefe de la empresa no es el desventurado usurpador; éste sólo es un instrumento destinado por toda su vida al infortunio, lo conozco.
-¡Sin remisión!
-Es el padre Herblay, obispo de Vannes.
-¿Vuestro amigo?
-Lo fue, Sire -replicó con nobleza el superintendente.
-Es una desgracia para vos -dijo el rey con menos generosidad.
-Mientras estuve ignorante del crimen, Sire, tal amistad nada tenía de deshonrosa.
-Era menester preverlo.
-Si soy culpable, Sire, me pongo en las manos de Vuestra Majestad.
-No es eso lo que quise decir, señor Fouquet -dijo el rey, disgustado de haber dado a conocer la mala disposición de su ánimo; -lo que quise decir es que a pesar de la máscara con que el miserable Herblay se cubría el rostro, he tenido como un presentimiento de que era él. Pero al caudillo de la empresa le acompañaba un hombre de pelo en pecho, que me amenazaba con su fuerza hercúlea.
-¿Quién es?
-Debe ser su amigo el barón de Vallón, el antiguo mosquetero.
-¿El amigo de D´Artagnan y del conde de La Fere? No es para desperdiciarla esta relación entre los conspiradores y el señor de Bragelonne.
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