El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.126
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Luis blandió sobre la cabeza de Fouquet el palo de la silla del cual hiciera tan enfurecido uso.
-¡Qué! -dijo con voz trémula el ministro, -¿no conocéis ya al más fiel de vuestros amigos?
-Vos, vos amigo mío? -replicó el rey con rechinar de dientes en que resonaron el odio y la sed de inmediata venganza.
-Un servidor respetuoso -añadió Fouquet cayendo de hinojos.
El rey tiró su arma, y el ministro se acercó a él, le besó las rodillas, le tomó cariñosamente en brazos y dijo:
-¡Oh rey! ¡oh hijo mío! ¡cuánto debéis haber padecido!
Luis, recobrado por el cambio de la situación, miróse a sí mismo, y, avergonzado del desorden de sus ropas, corrido de su locura, abochornado de la protección de que era objeto, retrocedió.
Fouquet no comprendió aquel movimiento, ni que el rey, en su orgullo, nunca le perdonaría el que hubiese sido testigo de tanta debilidad.
-Venid, Sire, estáis libre -dijo el superintendente.
-¿Libre? -repuso el rey. -¡Ah! ¿me devolvéis la libertad después de haber osado poner sobre mí vuestra mano?
-Sire -repuso Fouquet indignado, vos no decís lo que sentís; vos no creéis que en esta circunstancia sea yo culpable.
Y sucinta y calurosamente el ministro contó al monarca toda la intriga de que el lector ya conoce los detalles.
Durante el relato, Luis sufrió las más horribles angustias, y, una vez Fouquet hubo terminado, la magnitud del peligro que había corrido le conmovió todavía más que la importancia del secreto relativo a su hermano gemelo.
-Señor Fouquet -dijo el rey, -eso del parto doble es una mentira, y no puede ser que hayáis sido víctima de semejante impostura.
-¡Sire!
-Digo que no puede ser que se sospeche de la honra y de la virtud de mi madre. ¿Y vos, mi primer ministro, no habéis castigado ya a los criminales?
-No os ofusquéis, Sire -repuso Fouquet. -Reflexionadlo bien; el nacimiento de vuestro hermano...
-No tengo más que uno, el duque de Orleans, a quien conocéis como a mí mismo. Os digo que hay conspiración, empezando por el gobernador de la Bastilla.
-Sire, Sire, el gobernador de la Bastilla ha sido engañado como todo el mundo, por el parecido del príncipe.
-¿El parecido? ¡Queréis callaros!
-Con todo eso es menester que Marchiali se parezca grandemente a Vuestra Majestad para que todos se engañen -repuso Fouquet.
-¡Locura!
-No digáis eso; Sire; el hombre que se muestra dispuesto a arrojar la mirada de vuestros ministros, de vuestra madre, de vuestra servidumbre, de vuestra familia, debe estar muy seguro del parecido.
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