El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.125
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-¡Ah! el señor de Herblay no me ha hablado de eso.
-¡Vengan las llaves! -prorrumpió Fouquet arrancándoselas. -¿Dónde está la puerta que quiero abrir?
-Es ésta.
Un grito horrendo seguido de un terrible trancazo contra la puerta, despertó los ecos de la escalera.
-¡Retirarós! -dijo con voz amenazante Fouquet a Baisemeaux.
-Con mil amores -murmuró el gobernador.
-¡Retiraros! -repitió Fouquet, -y si antes que os llame sentáis la planta en esta escalera, yo os aseguro que vais a ocupar el sitio del preso más infeliz de la Bastilla.
-De esta no escapo -masculló el gobernador retirándose con paso vacilante.
Los gritos del preso resonaban cada vez con más fuerza.
Fouquet, en cuanto se hubo cerciorado de que Baisemeaux había llegado al pie de la escalera, introdujo la llave en la primera cerradura.
-¡Socorro! ¡soy el rey! ¡socorro! -gritó entonces Luis XIV con acento de rabia.
Como la llave de la segunda puerta no era la misma que la de la primera, Fouquet se vio obligado a probar algunas de las del manojo, mientras el rey, enardecido, loco, furioso, gritaba con todas sus fuerzas:
-¡El señor Fouquet es quien me ha hecho traer aquí! ¡socorro contra el señor Fouquet! ¡soy el rey! ¡favor al rey contra el señor Fouquet!
Estas vociferaciones partían del corazón del ministro, e iban seguidas de golpes espantosos descargados contra la puerta con la silla, de la que Luis se servía como de un ariete.
Fouquet dio por fin con la llave.
El rey, ya no articulaba, sino rugía, aullaba estas palabras:
-¡Muera Fouquet! ¡muera el asesino Fouquet!
Entonces se abrió la puerta.
EL RECONOCIMIENTO DEL REY
Fouquet y el rey iban a abalanzarse uno contra otro pero al verse se detuvieron y lanzaron un grito de horror.
-¿Venís a asesinarme? -exclamó el rey al conocer al superintendente.
-¡El rey en semejante estado! -exclamó el ministro. Efectivamente, nada más espantoso que el aspecto del joven príncipe en el momento en que entró Fouquet. Su traje estaba hecho jirones, y su camisa, desabrochada y reducida a pedazos, estaba empapada del sudor y la sangre que le inundaba el pecho y los desgarrados brazos.
Fosco, pálido, frenético, con los cabellos erizados, Luis XIV era la imagen viviente de la desesperación, del hambre y del miedo reunidos en una sola estatua; y tanto se conmovió y turbó el ministro al verle, que se acercó a él desolado, con los brazos abiertos y las lágrimas en los ojos.
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