El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.124
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Si dentro de diez minutos persistís, salgo, y me tengáis o no por loco, veréis lo que pasa.
Baisemeaux dio en el suelo una patada de desesperación, pero no replicó.
Al ver esto, Fouquet tomó una pluma y escribió lo siguiente:
-«Reúna el preboste de los mercaderes la guardia cívica, y con ella y para el servicio del rey, ataque la Bastilla».
Baisemeaux encogió los hombros. Fouquet escribió:
«El señor duque de Bouillón y el señor príncipe de Condé se pondrán a la cabeza de los suizos y de los guardias, y para el servicio de Su Majestad marcharán sobre la Bastilla».
Baisemeaux reflexionó. Fouquet continuó en su tarea y extendió esta orden:
«Se ordena a todo soldado, ciudadano o noble, que tomen doquiera los encuentren, al caballero Herblay, obispo de Vannes, y a sus cómplices, que son el señor Baisemeaux, gobernador de la Bastilla, sospechoso de los crímenes de traición, rebelión y lesa majestad...»
-Deteneos, monseñor -exclamó Baisemeaux. -Si entiendo lo que pasa, que me emplumen; pero como tantos males, aunque desencadenados por la locura, pueden sobrevenir dentro de dos horas, júzgueme el rey y vea si he obrado mal al romper la consigna en presencia de tantas y tan eminentes catástrofes. Vamos a la torre, monseñor; veréis a Marchiali.
Fouquet se lanzó fuera del despacho. Baisemeaux le siguió, limpiándose el frío sudor que le inundaba la frente.
-¡Qué horrorosa mañana! -iba diciendo Baisemeaux; -¡qué desgracia!
-¡Aprisa! ¡aprisa! -dijo con voz áspera el superintendente, advirtiendo lo que pasaba en el ánimo del gobernador. -Quédese aquí este hombre, y tomad vos mismo las llaves y mostradme el camino. Nadie ¿oís? absolutamente nadie debe enterarse de lo que va a pasar.
-¡Ah! -repuso Baisemeaux indeciso.
-¡Otra vez! -prorrumpió Fouquet. -Decid inmediatamente sí o no, y salgo de la Bastilla para llevar yo mismo las órdenes a su destino.
Baisemeaux tomó las llaves y subió solo con el ministro la escalera de la torre.
Según iban ascendiendo por aquella espiral, los murmullos ahogados se convertían en gritos claros y en espantosas imprecaciones.
-¿Quién grita? -preguntó Fouquet.
-Marchiali. Así aúllan los locos -respondió el gobernador dirigiendo una mirada más henchida de alusiones ofensivas que de respeto al superintendente.
Este se estremeció, pues en un grito todavía más terrible que los anteriores acababa de conocer la voz del rey.
Fouquet se detuvo en el descenso de la escalera, y tomó el manojo de llaves de manos de Baisemeaux, que, figurándose que el nuevo loco iba a estrellarse el cráneo con una de ellas, exclamó:
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