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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.123

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-¿No me habéis dicho que el señor de herblay se lo llevó y lo ha devuelto?
-No he dicho esto, monseñor.
-¿Que no lo habéis dicho? todavía me parece estar oyéndolo.
-Ha sido un lapsus.
-¡Señor de Baisemeaux, cuidado!
-Como estoy en regla, nada tengo que temer, monseñor.
-¿Y os atrevéis a decir eso?
-Lo diré ante un apóstol. El señor de Herblay me ha traído la orden de libertad a Seldón, y Seldón está libre.
-Os digo que Marchiali ha salido de la Bastilla.
-Que me lo prueben, monseñor.
-Dejadme que lo vea.
-Monseñor, vos que ejercéis un mando tan alto en este reino, sabéis que nadie puede ver a los presos sin una orden del rey.
-Bien ha entrado el señor de Herblay.
-Que me lo prueben, monseñor -repitió Baisemeaux.
-El señor de Herblay ha perdido todo su poder.
-¡Quién! ¿el señor de Herblay? es imposible.
-Ya veis que ha influido en vos.
-Lo que me influye, monseñor, es el servicio del rey. Al pediros una orden de él, cumplo con mi deber. Entregádmela y entraréis.
-Os doy mi palabra de que si me dejáis entrar en el calabozo del preso os entregaré inmediatamente la orden que me exigís.
-Dádmela sin dilación, monseñor.
-Como también os la doy de que os hago arrestar junto con vuestros oficiales si no consentís en lo que os pido.
-Antes de cometer semejante acto de violencia, reflexionaréis, monseñor -dijo Baisemeaux más blanco que la cera, - que sólo obedeceremos a una orden del rey, y que tan poco os costará obtener una para ver a Marchiali, como para conseguir otra tan en mi perjuicio, siendo como soy, inocente.
-Es verdad -repuso Fouquet poseído de furor. Y con voz sonora y atrayendo a sí al desventurado gobernador, añadió: -¿Sabéis por qué quiero con tanto ardor hablar con el preso?
-No, monseñor, y dignaos notar en el espanto que me infundís y que va a dar conmigo en tierra.
-Mas daréis con vos en tierra cuando dentro de poco me veáis volver al frente de diez mil hombres y treinta cañones.
-¡Válgame Dios! ¡monseñor se vuelve loco!
-Cuando amotine contra vos y vuestras malditas torres al pueblo de París, y fuerce vuestras puertas, y os haga colgar de las almenas de la torre de Coin.
-¡Monseñor! ¡Monseñor!...
-Os concedo diez minutos para que os decidáis -añadió Fouquet con voz sosegada, -espero aquí, sentado en este sillón.


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