El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.122
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Baisemeaux temblaba de vergüenza y de temor. Pero fue peor todavía cuando Fouquet le preguntó con voz lacónica y mirada de imperio:
-¿Habéis visto al señor de Herblay esta noche?
-Sí, monseñor.
-¿Y no os llena de horror el crimen de que os habéis hecho cómplice?
-No hay remedio para mí, -dijo para sus adentros el gobernador. Y con voz alta añadió: -¿Qué crimen, monseñor?
-Señor Baisemeaux, ved cómo obráis, pues en lo que habéis hecho hay bastante para haceros descuartizar vivo. Conducidme inmediatamente adonde está el preso.
-¿Qué preso? -preguntó el gobernador temblando de los pies a la cabeza.
-¡Ah! ¿fingís no comprenderme? Bueno; bien mirado es lo mejor que podéis hacer, porque, de confesar vos vuestra complicidad, no habría remedio para vos. Quiero, pues, simular que doy fe a vuestra ignorancia.
-Por favor, monseñor...
-Está bien. Conducidme al calabozo del preso.
-¿Al calabozo de Marchiali?
-¿Quién es Marchiali?
-El preso que ha traído el señor de Herblay esta noche.
-¿Le llaman Marchiali? -preguntó el superintendente, turbado en sus convicciones por la ingenua seguridad de Baisemeaux.
-Sí, monseñor, bajo tal nombre está inscripto en el registro de la Bastilla.
Fouquet sondeó con la mirada el corazón de Baisemeaux, y con la claridad que da el hábito del poder, vio en él la sinceridad más absoluta.
-¿Ese Marchiali es el preso que el señor de Herblay se llevó anteayer?
-Sí, monseñor.
-¿Y le ha traído nuevamente esta noche? -añadió con viveza el superintendente, que al punto comprendió el mecanismo del plan de Aramis.
-Sí, monseñor.
-¿Y se llama Marchiali?
-Esto es. Si monseñor viene para llevárselo, mejor; porque iba a escribir otra vez respecto de él.
-¿Qué ha hecho?
-Desde esta noche está insufrible; le dan tales arrebatos, que no parece sino que la Bastilla se viene al suelo.
-Pues bien -dijo Fouquet, -voy a desembarazaros de él.
-Que me place, monseñor.
-Conducidme a su calabozo.
-Monseñor me hará la merced de entregarme la orden...
-¿Qué orden?
-Una orden del rey.
-Voy a firmaros una.
-No basta, monseñor; necesito la orden del rey.
-¡Ah! -exclamó Fouquet irritándose otra vez, -ya que os mostráis tan escrupuloso en soltar a los presos, mostradme la orden mediante la cual libertasteis a Marchiali.
Baisemeaux mostró la orden concerniente a la libertad de Seldón.
-Seldón no es Marchiali -objetó Fouquet.
-Pero marchiali no está libre, monseñor, sino en su calabozo.
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