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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.121

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A fuerza de instar, amenazar y ordenar, logró que un centinela avisara a un sargento para que éste a su vez advirtiera al mayor.
Fouquet tascaba el freno en su carroza, a la puerta de la Bastilla, y aguardaba la vuelta del sargento, que por fin reapareció con cara avinagrada.
-¿Qué ha dicho el mayor? -preguntó Fouquet con impaciencia.
-El mayor se ha echado a reír, -contestó el soldado, -y me ha dicho que el señor Fouquet está en Vaux, y que aun cuando estuviese en París, no se levantaría tan temprano.
-¡Voto a tal! sois un hato de pillos, -exclamó el superintendente lanzándose fuera de la carroza.
Y antes de que el sargento hubiese tenido tiempo de cerrar la puerta, Fouquet se coló por la abertura y siguió adelante a pesar de las voces de auxilio que profería aquél.
Fouquet iba ganando terreno, sin hacer caso de los gritos del sargento, que al fin le alcanzó y dijo al centinela de la segunda puerta:
-¡Cerradle el paso!
El centinela cruzó la pica ante el ministro; pero éste, que era robusto y ágil, y, además, estaba exasperado, arrancó de las manos del soldado la pica y con ella le santiguó de firme las espaldas, sin olvidar las del sargento, que se acercaba en demasía. Los apaleados pusieron el grito en el cielo, y a sus voces salió todo el cuerpo de guardia de la avanzada, entre cuyos individuos hubo uno que conoció a Fouquet y que, al verlo, exclamó:
-¡Monseñor!... ¡monseñor!... ¡Amigos! ¡deteneos! Efectivamente, el que de tal suerte acababa de expresarse detuvo a los guardias, que se disponían a vengar a sus compañeros.
Fouquet ordenó que abriesen la reja; pero le objetaron que la consigna lo prohibía. Entonces mandó que avisaran al gobernador; pero éste, ya informado de lo que sucedía, se adelantaba apresuradamente blandiendo la espada a la cabeza de veinte soldados y seguido del mayor, en la persuasión de que atacaban la Bastilla.
Baisemeaux, al conocer a Fouquet, dejó caer la espada, y con tartamuda lengua dijo:
-¡Ah! monseñor, perdonad...
-Os felicito, caballero, -repuso Fouquet, sofocado; -el servicio de la fortaleza se hace a las mil maravillas.
Baisemeaux se dio a entender que las palabras del ministro encerraban una ironía presagio de arrebatada cólera, y palideció; pero muy lejos de esto, Fouquet, dijo:
-Señor de Baisemeaux, necesito hablar con vos en particular.
Fouquet siguió al gobernador a su despacho en medio de un murmullo de satisfacción general.


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