El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.120
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-Escuchad, -dijo Aramis abrazando al mosquetero, -vuelve a brillar el sol para vos: en adelante no tendréis que envidiar a nadie.
-¡Bah!
-Os predigo para hoy un acontecimiento que mejorará en tercio y quinto vuestro estado.
-¿De veras?
-Ya sabéis que yo estoy al corriente de noticias.
-Sí, sé.
-Porthos, ¿estáis?
-Partamos, -exclamó el gigante.
-Y abracemos a D´Artagnan, -añadió Aramis.
-Con toda el alma ¿Y los caballos?
-No faltan aquí, -repuso el gascón. -¿Queréis el mío?
-Gracias, Porthos tiene su caballeriza. Adiós D´Artagnan.
Los dos fugitivos subieron sobre sendos caballos y en presen cia del capitán de mosqueteros, que tuvo el estribo a Prothos y acompañó a sus amigos con la mirada hasta que los hubo perdido de vista.
-En otro tiempo, -murmuró D´Artagnan, -hubiera dicho que esos hombres huían; pero en la actualidad está tan cambiada la política, que a eso le llaman ir en comisión. En buena hora sea. Vamos a nuestros quehaceres.
Y el gascón entró filosóficamente en su alojamiento.
CÓMO SE RESPETA LA CONSIGNA EN LA BASTILLA
Fouquet, mientras su carroza lo llevaba como en alas del huracán, se estremecía de horror al pensar en lo que acababa de saber.
-¿Qué hacían, en su juventud esos hombres prodigiosos, -decía entre sí el superintendente, -si en la edad madura todavía tienen fibra para idear tales empresas y ejecutarlas sin pestañear?
A veces, Fouquet se preguntaba si cuanto le contó Herblay no era un sueño, y si al llegar él a la Bastilla no iba a encontrar una orden de arresto que le enviase adonde el rey destronado.
En esta previsión, el superintendente dio algunas órdenes selladas por el camino, mientras enganchaban los caballos, y las dirigió a D´Artagnan y a todos los jefes de cuerpo cuya fidelidad no podía ser sospechosa.
-De esta manera, -dijo entre sí Fouquet, -preso o no, habré servido cual debo la causa del honor. Como las órdenes no llegarán a su destino antes que yo, si vuelvo libre, no las habrán abierto, y las recobraré. Si tardo, será señal de que me habrá ocurrido alguna desgracia, y entonces nos llegará socorro a mí y al rey.
Así preparado, el superintendente llegó a la puerta de la Bastilla después de haber recorrido cinco leguas y media en una hora.
A Fouquet le sucedió completamente lo contrario que a Aramis. Por más que se nombró, por más que se dio a conocer, no consiguió que le permitiesen la entrada en la fortaleza.
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