El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.119
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.. La guerra... la guerra civil, implacable... Sin recursos ¡ay!... ¡Imposible!... ¿Qué va a hacer sin mí?... ¡Ah! sin mí va a derrumbarse como yo... ¿Quién sabe?... ¡Cúmplase su destino!... ¿No estaba condenado? pues continúe siéndolo... ¡Dios!... ¡Demonio!... sombrío y mofador poder a que llaman ingenio del hombre, no eres más que un soplo incierto, más inútil que el viento en la montaña, te nombras acaso, y no eres nada, lo abrasas todo con tu aliento, levantas las peñas, y aún la montaña, y de improviso te desmenuzas ante la cruz de madera tras la cual vive otro poder invisible... que tal vez tú negabas, y que se venga de ti, y te reduce a polvo sin designarse siquiera decirte cómo se llama... ¡Perdido!... ¡Estoy perdido!... ¿Qué hacer?... ¿Iré a Belle-Isle? ... Sí... ¡Y Porthos, que va a quedarse aquí, y a hablar, y a contárselo todo a todos! ¡Porthos, que tal vez va a padecer!... No, yo no quiero que Porthos padezca. Es uno de mis miembros; su dolor es mi dolor... Porthos partirá conmigo, seguirá mi destino, fuerza es que lo siga.
Y temeroso de encontrar a alguien a quien su precipitación pudiera parecer sospechosa, Aramis subió la escalera sin ser visto.
Porthos apenas regresado de París, dormía ya el sueño del justo. Su gigantesco cuerpo olvidaba la fatiga, así como su cerebro el pensamiento.
Aramis entró ligero como un espectro, apoyó su nerviosa mano en el hombro del gigante, y dijo en voz alta:
-Porthos, levantaos.
Porthos se levantó y abrió los ojos antes de haber abierto su inteligencia.
-¡Partimos, -dijo Aramis.
-¡Ah! -exclamó el gigante.
-A caballo y más veloces que nunca.
-¡Ah! -replicó Porthos.
-Vestíos.
Aramis ayudó a su amigo a vestirse, y le metió en el bolsillo su dinero y sus diamantes.
En esto un ligero ruido llamó la atención de Herblay, y al volverse y al ver a D´Artagnan en el vano de la puerta, se estremeció.
-¿Qué diablos estáis haciendo ahí tan conmovido? -preguntó el mosquetero.
-¡Chitón! -dijo el gigante.
-Partimos en comisión, -añadió el obispo.
-¡Qué dichosos sois! -repuso D´Artagnan.
-¡Valiente dicha! -dijo Porthos. -Me estoy cayendo de fatiga, y en verdad preferiría dormir; pero el servicio del rey...
-¿Habéis visto al señor Fouquet? -preguntó Aramis al gascón.
-Sí, hace poco, en su carroza.
-¿Qué os ha dicho? Adiós.
-¿Nada más?
-¿Qué más queríais que me dijese?
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