El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.118
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Salid inmediatamente de esta casa.
Aramis apagó el rayo que emanaba de su quebrantado corazón.
-Soy hospitalario para todos, -continuó Fouquet con inefable majestad; -tan seguro estáis vos de no veros sacrificado, como aquel de quien habíais consumado la perdición.
-Lo seréis vos, -replicó Herblay con voz sorda y profética; -lo seréis vos, lo seréis vos.
-Acepto el augurio, señor de Herblay; pero nada me detendrá. Vais a salir de Vaux, de Francia; os concedo cuatro horas para que os pongáis a cubierto de la persecución del rey.
-¿Cuatro horas? -dijo Aramis con voz de zumba y de incredulidad.
-Sí; dentro del plazo que os fijo nadie os perseguirá. Luego llevaréis cuatro horas de delantera a cuantos el rey envíe a vuestro alcance.
-¡Cuatro horas! -repitió Aramis sonrojándose.
-Son más que las que se necesitan para embarcaros y llegar a Belle-Isle, que os doy por refugio.
-¡Ah! -murmuró el prelado.
-Belle-Isle es mía para vos, como Vaux es mío para el rey. Marchaos, Herblay, y tened por seguro que mientras yo aliente, no tocarán en uno de vuestros cabellos.
-Gracias, -dijo Aramis con terrible ironía.
-Marchaos, pues, y dadme la mano para que ambos corramos, vos, a la salvación de vuestra vida, yo, a la salvación del rey. Aramis sacó de su seno la mano que en él escondió. Estaba teñida en su sangre, arrancada de su pecho con sus uñas, como para castigar a la carne por haber dado vida a tantos proyectos, más vanos, más insensatos, más perecederos que la vida del hombre.
Fouquet sintió horror y compasión, y tendió los brazos a Herblay.
-No traía armas, -dijo éste, huraño y terrible como el espectro de Dido.
Y sin tocar la mano de Fouquet, desvió la mirada y retrocedió dos pasos.
Las últimas palabras del prelado fueron una imprecación; su último ademán un anatema escrito por su enrojecida mano, con la que salpicó con algunas gotas de sangre el rostro del superintendente.
Después, ambos se abalanzaron fuera del aposento por la escalera secreta que conducía a los patios interiores.
Fouquet ordenó que engancharan sus mejores caballos; Aramis se detuvo al pie de la escalera que conducía al cuarto de Porthos.
Mientras la carroza de Fouquet salía del patio principal a galope tendido, Herblay decía entre sí:
-¿Partiré solo? ¿avisaré al príncipe?... ¡Oh rabia!... Si aviso al príncipe, ¿qué hago?... Partir con él ... arrastrar conmigo y a todas partes ese testimonio acusador.
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