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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.117

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-Esta noche.
-¡Esta noche!
-Entre doce y una.
-¡En Vaux! ¡en mi casa! -prorrumpió Fouquet con voz atragantada.
-Sí, en vuestra casa, que bien vuestra es desde que Colbert no puede hacer que os la roben.
-¡Conque ha sido en mi casa donde se ha cometido tamaño crimen!
-¡Crimen! -repuso Aramis con estupefacción.
-¡Crimen abominable! -prosiguió Fouquet exaltándose por momentos, -¡crimen más execrable que un asesinato! ¡crimen que para siempre deshonra mi nombre y me libra al horror de la posteridad!
-Estáis delirando, caballero, -replicó el obispo con voz no muy firme. -Cuidado con levantar tanto la voz.
-La levantaré de tal suerte, que me oirá el universo entero.
-Señor Fouquet, ved lo que hacéis.
-Sí, -exclamó el superintendente volviéndose hacia el prelado y mirándole cara a cara, -al cometer esa traición, ese crimen contra mi huésped, contra aquel que descansaba tranquilamente bajo mi techo, me habéis deshonrado. ¡Ay de mí!
-¡Ay de aquel que bajo vuestro techo meditaba la ruina de vuestra fortuna y de vuestra vida! ¿Olvidáis eso?
-¡Era mi huésped, era mi rey!
-¿Estoy con un insensato? -repuso Aramis levantándose, con los ojos sanguinolentos y la boca convulsiva.
-No, sino con un hombre honrado.
-¡Loco!
-Con un hombre que os impedirá que consuméis vuestro crimen.
-¡Loco!
-Con un hombre que prefiere mataros y morir a que consuméis su deshonor.
Y Fouquet se abalanzó a su espada puesta por D´Artagnan a la cabecera de la cama, y la blandió con resolución.
Aramis arrugó el ceño, y se metió la diestra en la pechera como buscando un arma. Aquel ademán no pasó inadvertido a Fouquet, que noble y soberbio en su magnanimidad, arrojó lejos de sí su espada, que fue a parar al pasillo de la cama, y se acercó a Herblay hasta tocarle el hombro con su desarmada mano.
-Caballero, -dijo el superintendente, -me sería grato morirme en este instante para no sobrevivir a mi oprobio; si todavía sentís por mí alguna amistad, por favor, quitadme la vida. Aramis permaneció silencioso e inmóvil.
-¿No me respondéis?
Herblay levantó pausadamente la cabeza, y por sus pupilas cruzó un nuevo rayo de esperanza.
-Reflexionad en lo que nos espera, monseñor, -dijo el prelado. -Queda satisfecha la justicia, el rey vive aún, y su prisión os salva la vida.
-Podéis haber obrado en mi provecho -repuso Fouquet, - pero no acepto vuestro servicio. Sin embargo, no quiero causar vuestra perdición.


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