El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.115
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Ana de Austria, con ser madre de ellos, no lo conseguiría.
-¡Es imposible! -exclamó Fouquet.
-Nobleza de facciones, andar, estatura, voz, todo en ellos es igual.
-Pero ¿y el pensamiento, la inteligencia, la ciencia de la vida?
-En esto hay desigualdad, monseñor. El preso de la Bastilla es incontestablemente superior a su hermano, y si la pobre víctima pasase de la prisión al trono, tal vez desde su origen Francia no habría tenido un soberano más grande en cuanto a la inteligencia y a la nobleza de carácter.
Fouquet bajó la frente bajo el peso de aquel secreto terrible.
-También hay desigualdad para vos entre los dos gemelos hijos de Luis XIII, -repuso Aramis acercándose al superintendente y prosiguiendo su obra de tentación; -y la desigualdad, en este punto, está en que el último nacido no conoce a Colbert.
Fouquet se levantó con las facciones pálidas y alteradas. La saeta había dado en el blanco, pero no en el corazón, sino en el alma.
-Ya, -dijo el superintendente, -me proponéis una conspiración.
-Casi, casi.
-Una tentativa de esas que cambian la faz de los imperios, como me habéis dicho al principio de esta conversación.
-Pero, -replicó Fouquet después de penoso silencio, -vos no habéis reflexionado que esta revolución política es para trastornar a todo el reino, y que para arrancar de cuajo el árbol de infinitas raíces a que llaman un rey y sustituirlo por otro, nunca estará la tierra lo suficientemente apelmazada para que el nuevo soberano quede al abrigo del viento de la borrasca pasada y de las oscilaciones de su propio cuerpo.
Aramis volvió a sonreírse.
-Tened en cuenta -continuó Fouquet enardeciéndose con la eficacia del talento que concibe un proyecto y lo madura en pocos segundos, y con la amplitud de miras del que prevé todas las consecuencias y abarca todos los resultados; -tened en cuenta que debemos convocar a la nobleza, al clero y al estado llano; destruir al príncipe reinante, turbar con un escándalo inaudito la tumba de Luis XIII, perder la vida y la honra de Ana de Austria, y la vida y la paz de María Teresa, y que hecho esto, si lo conseguimos...
-Por mí fe que no os comprendo, -replicó Aramis con indiferencia. -De cuantas palabras acabáis de verter no aprovecha ni una.
-¡Cómo! -exclamó con admiración el superintendente, -¿un hombre como vos no discute en el terreno de la práctica? ¿Os limitáis a la alegría pueril de una ilusión política? ¿Prescindís de las alternativas de la ejecución, es decir, de la realidad?
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