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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.114

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le habéis amenazado con revelar el secreto, y Luis XIV, asustado, ha concedido al terror lo que había negado a vuestra generosa intercesión. Comprendo, comprendo, vos tenéis en el puño al rey; comprendo.
-Ni pizca, -replicó Aramis. A fe, no valía la pena de que me interrumpierais otra vez. Además, y con perdón sea dicho, descuidáis demasiado la lógica y no hacéis el uso debido de vuestra memoria.
-¿Por qué?
-¿En qué he basado yo el principio de nuestra conversación?
-En el odio que me profesa Su Majestad, odio invencible, pero ¿qué odio es capaz de resistir a la amenaza de tal revelación?
-Aquí es donde falsea vuestra lógica. ¡Cómo! ¿vos creéis que de haber hecho yo tal revelación, estaría vivo en esta hora?
-Apenas hace diez minutos que os habéis separado del rey.
-¿Y qué? no hubiera tenido tiempo de hacerme matar; pero sí el suficiente para hacerme amordazar y sepultar en una mazmorra. Vaya, más firme en el raciocinio, ¡voto a mil bombas!
Por tal exclamación del mosquetero, resbalón de un hombre que siempre caminaba con pies de plomo, Fouquet pudo comprender a qué grado de exaltación había llegado el sereno y reservado obispo de Vannes.
-Además, -continuó éste último después de haberse calmado, -¿sería yo quien soy, un amigo verdadero, si a vos a quien ya el rey os odia, os expusiera a ser juguete de una pasión todavía terrible de aquél? Que le hubierais robado la hacienda y galanteado a su concubina, ¡pase! Pero tener en vuestras manos su corona y su honra, primero os arrancaría el corazón con sus propias uñas.
-¿Luego no le habéis dejado entrever el secreto?
-Antes me hubiera tragado todos los venenos que Mitrídates se bebió en el espacio de veinte años para ver si de esta suerte conseguía no morirse.
-¿Qué habéis hecho pues?
-Ahí está el quid, monseñor. Paréceme que voy a despertar vuestra curiosidad. ¿Continuáis prestándome oído atento?
-¡Pues no he de escucharos! Decid.
Aramis dio una vuelta alrededor del aposento para cerciorarse de que nadie podía escuchar, y luego se volvió a sentar junto al sillón en el cual Fouquet aguardaba con profunda ansiedad sus revelaciones.
-Había olvidado haceros sabedor de una particularidad notable referente a los mellizos de que estamos hablando, -repuso Aramis, -y es que Dios los ha criado tan semejantes entre sí, que únicamente él, si les citara ante el tribunal, los podría distinguir uno de otro.


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