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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.111

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Cuando Fouquet vio volver a D´Artagnan, y tras éste al obispo de Vannes, su alegría fue tan grande como grande había sido su zozobra. Para el superintendente, la presencia de Aramis era una compensación a la desgracia de ser arrestado.
El obispo estaba taciturno y grave, y D´Artagnan, trastornado por todo aquel cúmulo de acontecimientos increíbles.
-¿Y bien, capitán, me traéis al señor de Herblay?
-Y algo mejor todavía, monseñor.
-¿Qué?
-La libertad.
-¿Estoy libre?
-Sí, monseñor; por orden del rey.
Fouquet recobró toda su serenidad para interrogar a Aramis con la mirada.
-Dad las gracias al señor obispo de Vannes -prosiguió D´Artagnan; -pues a él y a nadie más que a él debéis el cambio del rey.
Aramis se volvió hacia Fouquet, que no estaba menos pasmado que el mosquetero y le dijo:
-Monseñor, el rey me ha encargado que os diga que su amistad para con vos es hoy más firme que nunca, y que la hermosa fiesta que le habéis dado y con tanta generosidad ofrecido, le ha dejado hondamente satisfecho.
Y Aramis saludó a Fouquet tan ceremoniosamente, que éste, incapaz de comprender una diplomacia tan sutil, quedó sin voz, sin idea, sin movimiento.
Herblay se volvió hacia el mosquetero, y le dijo con voz meliflua:
-Amigo mío, ¿verdad que no olvidaréis la orden del rey concerniente a las prohibiciones que tiene hechas para cuando se levante?
Estas palabras eran tan claras que D´Artagnan se dio por entendido. Así, pues, saludó a Fouquet y luego a Aramis con respeto algo irónico, y salió.
Entonces el superintendente se abalanzó a la puerta para cerrarla, y salió.
-Mi querido Herblay, creo que ha llegado la hora de que me expliquéis lo que pasa, porque en verdad no entiendo nada.
-Todo vais a saberlo -repuso Aramis sentándose y haciendo sentar a Fouquet.
-¿Por dónde hay que principiar?
-Por esto. ¿Por qué ha mandado el rey que me pongan en libertad?
-Mejor hubierais hecho preguntándome por qué os hizo arrestar.
-Desde que lo efectuaron he tenido tiempo de reflexionarlo, y casi juraría que los celos han influido algo. Mi fiesta ha contrariado a Colbert, y Colbert ha hallado contra mí algún plan, el de Belle-Isle, pongamos por caso.
-No, todavía no hemos llegado a eso.
-¿Por qué?
-¿Os acordáis de aquellos resguardos de trece millones que os hizo robar Mazarino?
-Sí, ¿y qué?
-Que por este lado ya os declaran ladrón.


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