El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.109
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Aramis no se engañó: realmente era D´Artagnan quien así se anunciaba.
Ya hemos visto al mosquetero pasar la noche filosofando con el señor Fouquet; pero aquél estaba fatigadísimo, aun de fingir el sueño. Y apenas el alba iluminó con su azulada aureola las suntuosas cornisas del dormitorio del superintendente, D´Artagnan se levantó de su sillón, acomodó su espada, y con la manga se cepilló el traje y sombrero, como soldado pronto a pasar revista de limpieza.
-¿Os vais? -preguntó Fouquet al gascón.
-Sí, monseñor, ¿y vos?
-Me quedo.
-¿Palabra?
-Palabra.
-Por otra parte, salgo únicamente en busca de la respuesta que vos sabéis.
-De la sentencia queréis decir.
-Mirad, monseñor, yo tengo algo de romano antiguo. Esta mañana, al levantarme, he notado que mi espada no se ha enganchado en ninguna agujeta, y que el tahalí ha resbalado sin tropiezo. Es una señal infalible.
-¿De prosperidad?
-Sí.
-¡Diantre! no sabía que vuestra espada os tuviese tan al cabo -dijo Fouquet. -¿Es hechicera la hoja de vuestra espada, o está encantada?
-Mi espada es miembro de mi cuerpo. He oído decir que a algunos hombres les avisa la pierna o una punzada en las sienes. A mí me avisa mi espada. Pues bien, mi espada nada me ha dicho esta mañana... ¡Ah!, ¡sí!... ahora acaba de caer por sí en el último recodo del tahalí. ¿Sabéis qué presagia esto?
-No.
-Pues me presagia un arresto para hoy.
-Pero si nada triste os predice vuestra espada -repuso el superintendente, más admirado que enojado de aquella franqueza, -¿no es triste para vos el arrestarme?
-¿Yo arrestaros a vos?
-Claro, el presagio...
-No es por vos, pues desde anoche estáis arrestado. Luego no seréis vos a quien yo arreste. Por eso me alegro, por eso digo que se me prepara un bien día.
Dichas estas palabras con afectuoso gracejo, el capitán se despidió de Fouquet para encaminarse a la habitación del rey. -Dadme la última prueba de afecto -dijo Fouquet, en el instante en que el gascón iba a atravesar el umbral.
-Estoy pronto, monseñor.
-Permitidme que vea a Herblay.
-Haré cuanto esté en mi mano para conducirlo aquí.
D´Artagnan llamó a la puerta del dormitorio del rey, y una vez abierta, el gascón pudo creer que el mismísimo rey le había franqueado el paso; suposición que no era inadmisible, atendido el estado de agitación en que el mosquetero dejó a Luis XIV.
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