El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.108
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-Uno vuelve del destierro, señor de Herblay.
-He dicho a un punto tan lejano, que las fuerzas materiales del hombre y la duración de su vida no bastarían para procurar su regreso.
Una vez más el rey y Aramis cruzaron una fría mirada de inteligencia.
-¿Y el señor de Vallón? -preguntó Felipe.
-Os lo presentarán hoy, y os felicitará confidencialmente por haberos salvado del peligro que os ha hecho correr el usurpador.
-¿Qué haremos de él?
-¿Del señor de Vallón?
-Un duque vitalicio, ¿no es verdad?
-Sí, sire -respondió Aramis, sonriéndose de un modo particular.
-¿Por qué os reís, señor de Herblay?
-Me río de la previsora idea de vuestra majestad. -¿Previsora? ¿qué queréis decir?
-Vuestra majestad teme que el pobre Porthos se convierta en un testigo incómodo, y quiere deshacerse de él.
-¿Creándole duque?
-Sí, sire, porque la alegría va a matarlo, y con él moriría el secreto.
-¡Qué decís!
-Y yo perderé un buen amigo -repuso con la mayor flema Herblay.
En este momento y en medio de la fútil conversación bajo la cual los dos conspiradores ocultaban el gozo y el orgullo del triunfo, Aramis oyó un rumor que le hizo aguzar el oído.
-¿Qué pasa? -preguntó Felipe.
-Amanece, sire.
-¿Y qué?
-Que anoche, antes de acostaron, decidisteis hacer algo llegado el día.
-Sí, dije a mi capitán de mosqueteros que lo aguardaría, - contestó con viveza el joven.
-Pues si así lo dijisteis, va a presentarse porque es hombre puntual.
-Oigo pasos en el vestíbulo.
-Es él.
-Ea, empecemos el ataque -dijo Felipe con resolución.
-Cuidado, Sire -repuso Aramis: -empezar el ataque, y por D´Artagnan, sería una locura. D´Artagnan no sabe ni ha visto cosa alguna y está a mil leguas de sospechar nuestro misterio; pero si es el primero en entrar hoy aquí, barruntará que ha pasado algo que debe ponerle sobre aviso. Antes que permitáis la entrada a D´Artagnan, debemos ventilar mucho el dormitorio, o introducir en él tanta gente, que el mejor sabueso del reino quede desorientado por tantos rastros diferentes.
-¿Cómo despedirle si le he citado? -observó el príncipe, ardiendo en deseos de medirse con tan temible adversario.
-Yo me encargo de ello -repuso el obispo, -y para empezar, voy a dar un golpe que dejará aturdido al gascón.
-También él sabe darlos -replicó con viveza el príncipe.
En efecto, en el exterior resonó un golpe
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