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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.106

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Id y ve nid, pues; paseaos por el aposento, escribid, borrad, romped, quemad; pero no toquéis la llave de la cerradura, ni el botón de la puerta, porque me haríais despertar sobresaltado, y esto me excitaría horrorosamente los nervios.
-Realmente sois el hombre más ingenioso y cortés que conozco, señor de D´Artagnan -dijo Fouquet. -Sólo me dejaréis un pesar, el de haberos conocido tan tarde.
D´Artagnan exhaló un suspiro que quería decir: ¡Ay! tal vez me habéis conocido excesivamente pronto. Luego se arrellanó en su sillón, mientras Fouquet, semi acostado en su cama y apoyado en el codo, meditaba en lo que le estaba pasando.
De este modo, custodiado y custodia dejaron arder las velas y aguardaron la luz del alba; y cuando Fouquet suspiraba demasiado alto, D´Artagnan roncaba con más fuerza.
Ninguna visita, ni la de Aramis, turbó su quietud, ni se oyó ruido alguno en el inmenso palacio.

LA MAÑANA

El joven príncipe descendió de la habitación de Aramis, como el rey había descendido de la mansión de Morfeo. La cúpula bajó, obedeciendo a la presión de Herblay, y Felipe se encontró ante la cama real, que había subido nuevamente, después de haber dejado a Luis XIV en las profundidades del subterráneo.
Solo, en presencia de aquel lujo, solo ante su poder, ante el papel que iba a verse forzado a desempeñar, Felipe sintió, por primera vez abrirse su alma a las múltiples emociones que son los latidos vitales de un corazón de rey; pero palideció al contemplar aquella cama vacía y aun arrugada por el cuerpo de su hermano.
Felipe se inclinó para examinar mejor la cama, y vio el pañuelo todavía humedecido con el sudor que corriera por la frente de Luis XIV. Aquel sudor aterró a Felipe como la sangre de Abel aterró a Caín.
-Heme aquí cara a cara con mi destino -dijo entre sí Felipe, pálido y con las pupilas ardientes. -¿Será más terrible que no doloroso ha sido mi cautiverio? ¿Obligado a seguir a cada instante la soberanía del pensamiento, daré eternamente oído a los escrúpulos de mi corazón?... Sí, el rey ha descansado en esta cama; su cabeza ha impreso esta concavidad en la almohada, y sus amargas lágrimas han humedecido este pañuelo... ¡Y vacilo en acostarme en esta cama, en apretar entre mis dedos este pañuelo que ostenta las armas y la cifra del rey!... ¡Oh! imitemos al señor de Herblay, que dice que la acción debe siempre adelantarse un grado al pensamiento; sí, imitemos al señor de Herblay, que siempre piensa en sí mismo y se tiene por hombre honrado cuando sólo contraría o vende a sus enemigos.


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