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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.104

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-¿Y qué?
-Que un millón no es la miseria.
-Casi, casi, señor de D´Artagnan.
-¿Cómo?
-No me comprendéis. No quiero vender mi casa de Vaux. Os la regalo si queréis.
-Regaládsela al rey y saldréis más beneficiado.
-El rey no necesita que yo se la regale -dijo Fouquet, -si le place, me la quitará. Por eso prefiero que se derrumbe. ¡Ah! señor de D´Artagnan, si el rey no estuviese bajo mi techo, tomaría aquella vela y me iría a prender fuego a dos cajas de pólvora y cohetes que han quedado bajo la cúpula, y reduciría mi palacio a cenizas.
-Bueno -repuso D´Artagnan con negligencia -siempre quedarían los jardines, que es lo mejor.
-Pero ¿qué he dicho? ¡Incendiar a Vaux! ¡destruir mi palacio cuando Vaux no es mío! En verdad, Vaux pertenece a Le Brun, a Le Notre, a Pelisson, a La Fontaine, a Moliere, que ha hecho representar en él «Los importunos», en una palabra, a la posteridad. Ya veis pues, señor de D´Artagnan, que ni siquiera es mío mi palacio.
Aplaudo la idea, y en ella os conozco, señor Fouquet -repuso el mosquetero. -Si estáis arruinado, monseñor, tomadlo buenamente; también vos pertenecéis a la posteridad, y por lo tanto no tenéis derecho a empequeñeceros. A los hombres como vos eso no les sucede más que una vez en la vida. Todo consiste en adaptarse a las circunstancias. Un proverbio latino, del que no recuerdo las palabras pero sí la esencia, pues más de una vez he meditado sobre él, dice que el fin corona la obra.
Fouquet se levantó, rodeó con su brazo derecho el cuello de D´Artagnan, y le apretó contra su pecho, mientras con la izquierda le estrechaba la mano.
-Buen sermón -dijo el superintendente después de una pausa.
-Sermón de mosquetero, monseñor.
-Vos que tal me decís, me queréis.
-Puede que sí.
-Pero, ¿dónde estará Herblay? -repuso Fouquet.
-Eso me pregunto yo.
-No me atrevo a rogaros que le hagáis buscar.
-Ni que me lo rogarais lo hiciera, monseñor, porque sería una imprudencia. Todos se enterarían, y Aramis, que no tiene arte ni parte en cuanto pasa, podría verse comprometido y englobado en vuestra desgracia.
Aguardaré a que amanezca.
-Es lo más acertado.
-¿Qué vamos a hacer una vez de día?
-No lo sé, monseñor.
-Hacedme una merced, señor de D´Artagnan.
-Con mil amores.
-Vuestra consigna es de que me custodiéis, ¿no es eso?


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