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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.102

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Fouquet, como quien acaba de salvarse de un peligro inminente y libre del peligro, le abandonan las fuerzas, se dejó caer anonadado en un sillón.
D´Artagnan, al regresar, encontró al superintendente en la misma actitud, y no sospechó que Fouquet dejase de cumplir su palabra; pero sí pensó que utilizaría su ausencia para deshacerse de papeles, notas y contratos que pudieran empeorar la situación ya de suyo grave en que se hallaba.
-¿Qué tal el señor de Herblay? -preguntó el superintendente.
-Fuerza es que el señor de Herblay le gusten los paseos nocturnos, y a la luz de la luna, en el parque de Vaux, componga versos con algunos de vuestros poetas, pues no está en su cuarto.
-¡Cómo! ¿no está en su cuarto? -exclamó Fouquet, a quien se le escapaba su última esperanza; porque sin explicarse de qué manera podía socorrerle el obispo de Vannes, comprendía que en realidad sólo de él podía esperar socorro.
-O si está en su cuarto -continuó D´Artagnan, -ha tenido sus razones para no responderme.
-¿Por ventura no habéis llamado de modo que pudiese oíros?
-Ya podéis suponer, monseñor, que habiendo ya contravenido a la orden que me imponía el deber de no dejaros de vista ni un segundo, hubiera sido una locura despertar a todos los de la casa y evidenciarme en el corredor del obispo de Vannes, para que el señor Colbert pudiese haber probado que yo os daba el tiempo necesario para que quemarais vuestros papeles.
-¡Mis papeles!
-Está claro; a lo menos yo, en vuestro lugar, lo hubiera hecho. Pero volvamos a Aramis, monseñor.
-Os repito que habréis llamado excesivamente quedo, y no os habrá oído.
-Por muy quedo que uno llame a Aramis, monseñor, siempre oye cuando le interesa oír. Reitero, pues, que o Aramis no estaba en su cuarto, o, para no conocer mi voz, ha tenido razones que ignoro y que, tal vez, ignoráis vos también, por mucho que sea feudatario vuestro su grandeza monseñor el obispo de Vannes. Fouquet lanzó un suspiro, se levantó, dio tres o cuatro vueltas por su dormitorio, y se sentó, con abatimiento, en su regia cama de terciopelo cuajada de riquísimos encajes.
D´Artagnan miró a Fouquet con honda compasión.
-Durante. mi vida -dijo con melancolía el mosquetero, -he visto arrestar a muchos hombres. Vamos, señor Fouquet, un hombre como vos no se abate de esta suerte. ¡Si vuestros amigos os vieran!


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