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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.101

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-No en balde tenéis fama de hombre ingenioso y de expedientes; pero conmigo todo eso es superfluo. Al grano: ¿por qué me arrestáis? ¿qué he hecho?
-Nada sé, monseñor; pero conste que no os arresto... esta noche...
-¡Esta noche! -exclamó Fouquet palideciendo; -pero, ¿y mañana?
-Todavía no estamos en mañana, monseñor. ¿Quién es capaz de responder del día siguiente?
-Capitán, permitidme hablar con el señor de Herblay.
-Lo siento, monseñor, pero no puede ser. Tengo orden de no dejaros hablar con persona alguna.
-¡Con el señor de Herblay, capitán, con vuestro amigo!
-¿Queréis decir, monseñor, que mi amigo el señor de Herblay sería el único con quien os debería impedir comunicaros?
-Decís bien -dijo Fouquet, tomando una actitud de resignación; -recibo una lección que no debí provocarla. El hombre caído no tiene derecho a nada, ni siquiera de parte de aquellos que le deben lo que son, tanto más de aquellos a quienes no ha tenido la dicha de prestarles un servicio.
-¡Monseñor!
-Es verdad, señor de D´Artagnan; respecto de mí, siempre os habéis mantenido en la situación del hombre destinado a arrestarme. Nunca me habéis pedido cosa alguna.
-Monseñor -repuso el gascón enternecido ante aquel dolor elocuente y noble -¿queréis hacerme la merced de empeñarme vuestra palabra de caballero de que no saldréis de este aposento?
-¿Para qué, si me custodiáis en él? ¿Teméis, acaso, que desenvaine contra el hombre más valiente de Francia?
-No, monseñor; es que voy a traeros al señor de Herblay, y, por consiguiente, a dejaros solo.
-¡Traerme al señor de Herblay! ¡dejarme solo! -exclamó Fouquet con gozo y sorpresa indecibles y juntando las manos.
-¿No se aloja Herblay en el cuarto azul?
-Sí, amigo mío, sí.
-¡Vuestro amigo!, gracias monseñor.
-¡Ah! me salváis, señor de D´Artagnan.
-Bien, emplearé diez minutos en ir y venir, ¿no es eso, monseñor?
-Poco más o menos.
-Y cinco para despertar y advertir a Aramis, hacen quince minutos. Ahora, monseñor, dadme vuestra palabra de que no intentaréis fugaros, y de que os encontraré aquí al volver.
-Os la empeño, señor de D´Artagnan -respondió Fouquet estrechando con afectuosa gratitud la mano del mosquetero, que se alejó con paso firme.
Fouquet siguió con la mirada a D´Artagnan, aguardó con visible impaciencia que la puerta se hubiese cerrado tras de aquél, y luego se abalanzó a sus llaves, abrió algunos cajones escondidos en varios muebles, buscó en vano algunos papeles que, sin duda, se quedaron en San Mandé, y que el superintendente pareció sentir no encontrarlos, y por fin, tomó con frenesí un montón de cartas, contratos y escrituras y los quemó apresuradamente en la tabla de mármol del hogar, sin curarse de sacar del interior de aquél las macetas de que estaba lleno.


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