El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.101
Indice General
|
Volver
Página 101 de 295
-No en balde tenéis fama de hombre ingenioso y de expedientes; pero conmigo todo eso es superfluo. Al grano: ¿por qué me arrestáis? ¿qué he hecho?
-Nada sé, monseñor; pero conste que no os arresto... esta noche...
-¡Esta noche! -exclamó Fouquet palideciendo; -pero, ¿y mañana?
-Todavía no estamos en mañana, monseñor. ¿Quién es capaz de responder del día siguiente?
-Capitán, permitidme hablar con el señor de Herblay.
-Lo siento, monseñor, pero no puede ser. Tengo orden de no dejaros hablar con persona alguna.
-¡Con el señor de Herblay, capitán, con vuestro amigo!
-¿Queréis decir, monseñor, que mi amigo el señor de Herblay sería el único con quien os debería impedir comunicaros?
-Decís bien -dijo Fouquet, tomando una actitud de resignación; -recibo una lección que no debí provocarla. El hombre caído no tiene derecho a nada, ni siquiera de parte de aquellos que le deben lo que son, tanto más de aquellos a quienes no ha tenido la dicha de prestarles un servicio.
-¡Monseñor!
-Es verdad, señor de D´Artagnan; respecto de mí, siempre os habéis mantenido en la situación del hombre destinado a arrestarme. Nunca me habéis pedido cosa alguna.
-Monseñor -repuso el gascón enternecido ante aquel dolor elocuente y noble -¿queréis hacerme la merced de empeñarme vuestra palabra de caballero de que no saldréis de este aposento?
-¿Para qué, si me custodiáis en él? ¿Teméis, acaso, que desenvaine contra el hombre más valiente de Francia?
-No, monseñor; es que voy a traeros al señor de Herblay, y, por consiguiente, a dejaros solo.
-¡Traerme al señor de Herblay! ¡dejarme solo! -exclamó Fouquet con gozo y sorpresa indecibles y juntando las manos.
-¿No se aloja Herblay en el cuarto azul?
-Sí, amigo mío, sí.
-¡Vuestro amigo!, gracias monseñor.
-¡Ah! me salváis, señor de D´Artagnan.
-Bien, emplearé diez minutos en ir y venir, ¿no es eso, monseñor?
-Poco más o menos.
-Y cinco para despertar y advertir a Aramis, hacen quince minutos. Ahora, monseñor, dadme vuestra palabra de que no intentaréis fugaros, y de que os encontraré aquí al volver.
-Os la empeño, señor de D´Artagnan -respondió Fouquet estrechando con afectuosa gratitud la mano del mosquetero, que se alejó con paso firme.
Fouquet siguió con la mirada a D´Artagnan, aguardó con visible impaciencia que la puerta se hubiese cerrado tras de aquél, y luego se abalanzó a sus llaves, abrió algunos cajones escondidos en varios muebles, buscó en vano algunos papeles que, sin duda, se quedaron en San Mandé, y que el superintendente pareció sentir no encontrarlos, y por fin, tomó con frenesí un montón de cartas, contratos y escrituras y los quemó apresuradamente en la tabla de mármol del hogar, sin curarse de sacar del interior de aquél las macetas de que estaba lleno.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
101
102
103
104
105
106
107
108
109
110
111
112
113
114
115
116
117
118
119
120
121
122
123
124
125
126
127
128
129
130
131
132
133
134
135
136
137
138
139
140
141
142
143
144
145
146
147
148
149
150
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-295
|