El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.100
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-¿Cómo nos vamos a arreglar, pues?
-Permitiéndome compartirla con vos.
-¡Ah! -exclamó Fouquet, mirando cara a cara al mosquetero, -¿salís del dormitorio del rey?
-Sí, monseñor.
-¿Y su majestad querría que durmieseis aquí?
-Monseñor...
-Muy bien, muy bien, señor de D´Artagnan. Aquí sois el dueño.
-Palabra que no quería abusar...
-Déjanos -dijo Fouquet a su ayudante de cámara. Y añadió: -¿Tenéis que comunicarme algo?
-¡Quién! ¿yo?
-Un hombre como vos, no viene a conversar con un hombre como yo, en hora tan avanzada, sin causa grave.
-No me interroguéis, monseñor.
-Al contrario. ¿Qué queréis de mí?
-Nada más que vuestra compañía.
-Pues vámonos al jardín, al parque.
-No, no -repuso con viveza el mosquetero.
-¿Por qué no?
-El fresco de las noche...
-Vaya, decid sin rodeos que venís a arrestarme -dijo Fouquet al capitán.
-¡Yo! no,´monseñor.
-¿Me veláis, pues?
-Para honraros.
-¿Para honrarme?... Esto es ya distinto.
-¡Ah! ¿conque me arrestan en mi casa?
-No digáis eso, monseñor.
-Al contrario, lo publicaré en alta voz.
-En este caso tendría que imponeros el silencio.
-¡Violencias en mi casa! -exclamó Fouquet. -¡Bien, muy bien, vive Dios!
-Veo que no nos comprendemos. Mirad, allí hay un tablero, juguemos si os place, monseñor.
-¿Conque he caído en desgracia, señor de D´Artagnan?
-No, monseñor, pero...
-Pero se me prohibe sustraerme a vuestra mirada.
-No comprendo palabra de cuantas decís, monseñor; y si deseáis que me retire, con decírmelo, estamos al cabo.
-En verdad, señor D´Artagnan, que vuestras maneras van a trastornarme el juicio. Me caía de sueño y me lo habéis quitado como con la mano.
-Lo siento mucho, y si queréis reconciliarme conmigo mismo, dormid ahí, en mi presencia, y lo celebraré en el alma.
-¡Ah! ¿me vigiláis?
-Me voy, pues.
-Si os entiendo, que me emplumen.
-Buenas noches, monseñor, -repuso D´Artagnan, haciendo que se marchaba.
-Vaya, no me acuesto -dijo Fouquet. Y ahora os digo con toda formalidad que, pues os negáis a tratarme como hombre y os andáis con sutilezas conmigo, voy a acorralaros como se hace con el jabalí.
-¡Bah! -exclamó D´Artagnan, haciendo que se sonreía.
-Voy a ordenar que enganchen y parto para París -dijo Fouquet, sondeando con la mirada el corazón del capitán.
-Este es otro son, monseñor.
-¿Me arrestáis?
-No, monseñor, parto con vos.
-Basta, señor D´Artagnan -dijo Fouquet con frialdad.
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