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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.51

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-Marchiali no es nada de eso, -repuso Aramis con negligencia.
-No lo sé, -replicó el gobernador con acento que quería decir: A vos os toca probármelo.
-Pues si no lo sabéis, es señal que yo tengo razón; de consiguiente tratad a Marchiali como si fuera de los ínfimos.
-Seguiré al pie de la letra el reglamento, el cual indica que el carcelero o uno de los oficiales subalternos debe conducir el preso a la presencia del gobernador, en el archivo.
-Es una disposición muy atinada. ¿Qué más?
-Luego, se devuelven al preso cuantos objetos de valor traía en el instante de la encarcelación, así como los trajes y papeles, salvo orden contraria del ministro.
-¿Qué reza la orden del ministro acerca de Marchiali?
-Absolutamente nada, pues el desventurado entró en la Bastilla sin joyas, sin papeles y casi desnudo.
-Ya veis que no puede ser más sencillo el caso.
-Quedaos aquí, y que conduzcan el preso al archivo.
Baisemeaux llamó a un teniente, y le dio una consigna, que éste transmitió automáticamente a quien debía.
Media hora después se oyó cerrar una puerta en el patio: era la puerta del torreón que acababa de soltar su presa. Aramis apagó todas las bujías del comedor, dejando tan sólo una encendida detrás de la puerta. Aquella luz trémula no permitía fijarse en los objetos, pues duplicaba los aspectos y los vislumbres con su movilidad.
Se iba acercando el rumor de pasos.
-Salid a recibir a esos hombres, -dijo Aramis.
El gobernador obedeció, y despidiendo al sargento y a los carceleros, seguido del preso regresó al comedor, donde con voz conmovida notificó al joven la orden que le devolvía la libertad.
El preso escuchó sin hacer un gesto ni proferir una palabra.
-Ahora y cumpliendo una formalidad que exige el reglamento, -añadió el gobernador, -vais a jurar que nunca jamás revelaréis cuánto habéis visto u oído en la Bastilla.
El preso vio un crucifijo, y tendiendo la mano, juró sólo con los labios.
-Estáis libre, -dijo Baisemeaux, -¿adónde pensáis ir?
El joven volvió la cabeza como buscando tras sí una protección con la cual contara de antemano.
-Aquí estoy, para prestaros el servicio que os plazca pedirme, -dijo Aramis saliendo de la penumbra.
-Dios os tenga en su santa guarda, -dijo el preso con voz tan firme que hizo estremecer al gobernador, tanto cuanto le extrañara la fórmula.


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