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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.50

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Herblay,
general de la Compañía por gracia de Dios.

Tal fue la emoción que sintió el gobernador, que se le contrajeron las facciones, abrió la boca y quedó con la mirada fija, inmóvil y mudo.
Aramis, sin dignarse siquiera mirar al gobernador, sacó de su faltriquera un pequeño estuche que encerraba un trozo de cera negra; cerró su carta, imprimió en la cera un sello que suspendido al cuello y debajo de su jubón llevaba, y terminada su operación le entregó silenciosamente la orden.
Templándole las manos que daba compasión, miró Baisemeaux con ojos apagados y sin inteligencia el sello, y después cayó en su silla como herido por el rayo.
-Vaya, -dijo Aramis tras un dilatado silencio, -no me hagáis creer que la presencia del general de la compañía es terrible como la de Dios, y que uno muere a consecuencia de haberle visto. ¡Animo! levantaos, dadme vuestra mano, y obedeced.
Baisemeaux, tranquilizado, si no satisfecho, obedeció, besó la mano a Aramis y se levantó diciendo con tartamuda lengua:
-¿Inmediatamente?
-No exageremos, -repuso Aramis; -sentaos otra vez en vuestro sitio, y rindamos acatamiento a esos ricos postres.
-De esta no me levanto, monseñor, -dijo Baisemeaux. -¡Y yo, que he reído y bromeado con vos, y he osado trataros de igual a igual!
-¿Quieres callarte, mi viejo compadre? -replicó el obispo comprendiendo que la cuerda estaba muy tirante y sería peligroso romperla. Vivamos cada cual en nuestra esfera respectiva: tú, contando con mi protección y amistad, y yo con tu obediencia. Pagados puntualmente esos dos tributos, sigamos tan contentos. Baisemeaux reflexionó, y al ver, de una ojeada, las consecuencias fatales que podía acarrearle la extorsión de un preso por medio de una orden falsa. puso en parangón aquellas con la orden oficial del general de la orden, y halló que esta última no le compensaba.
-Mi buen Baisemeaux, sois un mentecato, -dijo Aramis, que leyó en el pensamiento de su comensal. -Perded el hábito de reflexionar, cuando yo me tomo la molestia de hacerlo pro vos.
-Bueno, sí; pero ¿cómo voy a arreglarme? -repuso el gobernador después de haberse inclinado ante un nuevo gesto que hiciera el obispo.
-¡Qué hacéis cuando soltáis a un preso?
-Sigo las instrucciones del reglamento.
-Pues obrad ahora de la misma manera.
-Me presento con el mayor en el calabozo del preso, y yo mismo le acompaño cuando es personaje de cuenta.


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