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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.49

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-¿Y qué provecho vais a sacar? -repuso Aramis con la mayor frescura.
-Así uno nunca se engaña, ni falta al respeto que un subalterno debe a sus superiores, ni infringe los deberes del cargo que desempeña por voluntad propia.
-Vuestra elocuencia me admira. Es verdad, un subalterno debe respetar a sus superiores, y es culpado cuando se engaña, y es castigado cuando infringe los deberes o las leyes del cargo que desempeña.
Baisemeaux fijó una mirada de extrañeza en el obispo.
-De lo cual se sigue, -continuó Aramis, -que para descargo de vuestra conciencia acudís a la consulta.
-Sí, monseñor.
-Y si un superior os impone una orden, ¿la cumpliréis?
-Claro que sí, monseñor.
-¿Conocéis bien la firma del rey, señor de Baisemeaux?
-Sí. monseñor.
-¿No está estampada al pie de esa orden de libertad?
-Es verdad, pero puede...
-Ser falsa, ¿no es verdad?
-Se han dado casos, monseñor.
-Decís bien. ¿Y la del señor de Lyonne?
-También figura en esa orden; pero así como pueden falsificar la firma del rey, con tanta mayor razón pueden hacerlo con la del señor de Lyonne.
-Andáis a paso de gigante por el campo de la lógica, señor Baisemeaux, -dijo Aramis, -y vuestra argumentación no tiene réplica. Pero ¿en qué os fundáis para suponer que esas firmas sean falsas?
-En que la firma de Su Majestad no está refrendada. Además, el señor de Lyonne no está presente para decirme que ha firmado.
-Pues bien, señor de Baisemeaux, -repuso Aramis fijando en el gobernador su mirada de águila, -adopto sin vacilar vuestras dudas y vuestra manera de aclararlas y voy a tomar una pluma si me la dais.
Baisemeaux le dio una pluma.
Y una hoja en blanco, -añadió Aramis.
-Baisemeaux le dio el papel.
-Y yo también, presente, incontestable, voy a escribir una orden a la cual estoy seguro de que daréis fe, por mucha que sea vuestra incredulidad.
Ante la glacial seguridad de Aramis, el gobernador palideció. Creyó que la voz de aquél tan afable y alegre poco antes, había tomado un sonido fúnebre y siniestro.
Aramis tomó la pluma y escribió, mientras el gobernador, petrificado leía por encima de su hombro:
«A. M. D. G.» escribió el obispo, trazando una cruz debajo de aquellas cuatro letras, que significaban «ad majorem Dei gliriam». Luego continuó:
«Es nuestra voluntad que la orden entregada al señor de Baisemeaux de Montiexun, gobernador de la Bastilla por el rey, sea tenida por buena y valedera, y puesta en ejecución inmediatamente.


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