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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.48

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-¡Cómo! ¡el hombre de quien tanto hemos hablado! ¡El hombre sobre quien me recomiendan incesantemente que vele!
-Ya lo veis, Marchiali, -replicó el inflexible Aramis.
-Confieso que no entiendo jota, monseñor.
-Sin embargo, debéis dar crédito a vuestros ojos.
-¡Y decir que reza Marchiali!
-Y en buena letra.
-¡Es fenomenal! Todavía estoy viendo la orden y el nombre de Seldón, irlandés. Y aun recuerdo que debajo del nombre, había un borrón.
-No hay borrón alguno; ved.
-Sí, repito, -dijo el gobernador; -y tan es así, que he arañado la arenilla de que el borrón estaba cubierto.
-Sea lo que fuere, con o sin borrón dice la orden que pongáis en libertad a Marchiali.
-De que ponga en libertad a Marchiali. -repitió el gobernador esforzándose en recobrar la lucidez de su mente.
-Y vais a soltar al preso. Si de paso os da el corazón por abrir las puertas de la Bastilla a Seldón, no me opongo.
Aramis coronó sus últimas palabras con una sonrisa tan preñada de ironía, que Baisemeaux acabó de serenar y cobró alientos.
-Monseñor, -dijo Baisemeaux, -Marchiali es el preso a quien el otro día vino a visitar por manera tan imperiosa y tan en secreto un padre cura, confesor de «nuestra orden».
-No sé nada de eso, -replicó Aramis.
-Sin embargo, no hace tanto tiempo...
-Es verdad; pero entre nosotros importa que el hombre de hoy olvide lo que hizo el hombre de ayer.
-Como quiera que sea, -repuso Baisemeaux, -la visita del confesor jesuita habrá sido grandemente provechosa para ese joven.
Aramis no replicó y se puso a comer y a beber.
Baisemeaux, lejos de imitar a Herblay, tomó nuevamente la orden y, después de releerla, la examinó por el anverso y por el reverso con la mayor atención.
Aquel examen, en circunstancias normales habría hecho subir los colores al rostro del poco paciente Aramis; pero el obispo de Vannes no se atufaba por tan poco, sobre todo cuando sabía que el atufarse era peligroso.
-¿Vais a libertar a Marchiali? -dijo Herblay. -¡Zape! ¡Qué rico jeréz, mi querido gobernador!
-Lo pondré en libertad después que haya visto yo al correo que ha traído la orden, y del interrogatorio a que voy a sujetarlo resulte claro para mí...
-Pero, si las órdenes están selladas, y por consiguiente nada sabe de ellas el correo. ¿Y qué queréis ver claro por ese camino?
-Bueno, enviaré un parte al ministerio, y el señor Lyonne confirmará o rectificará la orden.


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