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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.46

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-¿No lo dije? -exclamó el gobernador.
-¿Qué es? -preguntó el obispo.
-Una orden de excarcelación. ¡Vaya una nueva para molestarnos!
-Buena es para el interesado, no lo negaréis.
-¡Y a las ocho de la noche!
-Eso es caridad.
-Bueno, sí admito que sea caridad; pero no para mí que me divierto, sino para el haragán que se aburre en su calabozo, - prorrumpió el gobernador exasperado.
-¿Acaso salís perjudicado con esa excarcelación? ¿El preso que os quitan es de los de cuantía?
-¡Psí! es un pobre diablo, un hambriento de los de a cinco libras.
-¿Me permitís si no hay indiscreción? -dijo Herblay. -Tomad, leed.
-La hoja ostenta en el margen la palabra «urgente». ¿Lo habéis notado?
-¡Urgente!... ¡un hombre que está aquí hace diez años! ¿Y ahora les viene la prisa de soltarle, hoy, esta noche misma, a las ocho?
Baisemeaux encogió los hombros con ademán de soberano desdén, tiró la orden encima de la mesa y la emprendió de nuevo con los manjares.
-Tienen unos arranques, que ¡vaya! -repuso Baisemeaux con la boca llena; -a lo mejor prenden a un hombre, lo alimentan por espacio de diez años, recomendando que sobre todo se ejerza sobre él la más escrupulosa vigilancia; y cuando uno se ha acostumbrado a mirar al detenido como a un hombre peligroso, ¡pam! sin saber por qué ni por qué no, le escriben a uno que lo suelte, y aprisa, sin perder segundo. ¿Y aún diréis que no hay para qué encoger los hombros?
-Bien, sí; pero por más que uno chille, no cabe otro remedio que cumplir la orden.
-Poquito a poco, poquito a poco, ¿Os figuráis que soy un esclavo?
-¿Quién os dice tal? Todos conocemos vuestra independencia.
-A Dios gracias...
-Pero también todos conocemos vuestro compasivo corazón.
-Decídmelo a mí.
-Y vuestra obediencia a vuestros superiores. Cuando uno ha sido soldado, lo recuerda mientras vive, ¿no es verdad, Baisemeaux?
-Por eso obedeceré estrictamente, y mañana en cuanto asome el día, el preso será puesto en libertad.
-¿Mañana?
-Al amanecer.
-¿Y por qué no esta noche, supuesto que la orden es urgente?
-Porque esta noche cenamos y también nos apremia a nosotros el tiempo.
-Mi querido Baisemeaux, por más que calce botas, soy sacerdote, y la caridad es para mí un deber más imperioso que el hambre y la se. Ese desventurado ha padecido -bastante tiempo, pues según vos mismo me habéis dicho, hace diez años que está encerrado en la Bastilla.


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